Réquiem a unos fríjoles impresionistas. En memoria de Alberto Hugo Restrepo
Por: María del Pilar Rodríguez Saumet
Curadora de arte
Alberto Hugo Restrepo, galerista, coleccionista,
mecenas del arte, pero ante todo amigo antioqueño, cuya presencia pasó a otro
plano hace unos días… Y hago énfasis en la palabra “presencia”, porque su
legado familiar, emocional, cultural y artístico; tengo la certeza, permanecerá
en la mente de muchos, tal cual en mi corazón. 
Su mundo: impresionista. Florecido de matices y diversidad
de luces. Retrato exacto de este librepensador que, se avocó a la vida
trascendiendo con frecuencia la imagen y la pose, de cara hacia conexiones de
mayor calado. Teniendo como centro geográfico durante muchos años, un patio
donde dialogaban fabulosas piezas artísticas con una biblioteca de arte,
historia y secretos de seductor… En contrapunto con la robusta mesa central, infidente
de historias tan singulares como con certeza difícilmente habrá otra prontamente
en el arte colombiano…
Lo conocí por directrices del destino, instrucciones
de su exesposa y eterna amiga Irene Acevedo, y un calculado plan de su hijo
Santiago… El encuentro fue en Medellín, en su casa – galería AH Fine Art. Yo desarrollaba
un proyecto expositivo con su hijo y él, tras la presentación, jugaba a ponerme
trampas con preguntas de conceptos artísticos, como para asegurarse de que su
pequeño estuviera bien asesorado.
Insidioso, elocuente y audaz, entre discusiones sobre
color, textura, atribuciones, poesía, comida y algo más, tejimos una muy linda
amistad; de esas que se consolidan con humor, admiración y, sobre todo: con
hechos.
Pasaron semanas, no sé si meses… Tal vez un año de
habernos conocido; y un día, mientras conversaba con Nadin Ospina, -que gozaba
de la representación de Alberto en Antioquia, además de una documentada
complicidad-, surgió el Restrepo en la conversación…
Dos anécdotas, un silencio, y Nadin me hace una
pregunta: ¿Sabes una forma de confirmar que Alberto Hugo Restrepo te quiere?...
Si te ha preparado fríjoles te quiere, si no, no.
Sin mucha más demora tomé el teléfono, llamé a Alberto
y le dije:
-¡Me engañaste! ¡Me dijiste que me querías! ¡Y no me
quieres!
-Mapy, ¿Y tú en que te basas para decir que no te
quiero?
-Porque Nadin me acaba de decir que la única prueba
auténtica de tú cariño es que le prepares fríjoles a uno ¡Y a mí no me has
preparado!…
No habían pasado 24 horas cuando se comunicó su
secretaria, preguntándome que día quería volar a Medellín. Porque no solamente
me iban a hacer unos fríjoles de leyenda, sino que Alberto iba a correr con
todos mis gastos de viaje a cuerpo de reina.
¡Y llegaron los fríjoles! En una mesa donde como en su
vida, había opciones para veganos, vegetarianos y omnívoros. Robusto buffet
construido con cuidado, bajo su instrucción personal y sin descuidar la
estética. Sabores uno a uno por él presentados, condimentados con la historia
de quien lo preparó, narrativa a tono con ese donaire de Lancelot de Urrá, que confirmaba
su singularidad.
¡Y no eran unos fríjoles cualquiera!, no solo eran
deliciosos… Los fríjoles de Alberto Hugo Restrepo eran capaces de ir al ritmo
de la champaña, de un rioja, de un whisky de una sola malta, de un jugo o una
gaseosa… Para Alberto no había límites al complacer a sus comensales. No solo
se trataba de las viandas, si no de la conversación, de las diatribas, las
controversias, los aprendizajes. Cada plato de fríjoles era solo una excusa
para la polifonía verbal y espiritual, que expandía en su entorno este
memorable anfitrión.
Veterano de las aventuras estéticas, sus hallazgos,
compra y venta de fabulosas piezas de artistas de la talla de Andrés de
Santamaría, son parte de la memoria de muchos. Son conocidas sus exploraciones
en castillos y bosques, en bibliotecas, galerías, museos, guardillas, talleres,
bodegas, sótanos y a lo que hubiera lugar en busca de tesoros que, si bien
obedecían a su modelo de negocio, le satisfacían no solo el bolsillo, si no la
emoción. Y eso no lo digo tratando de sumar halagos en una tumba, a la que no
le han de hacer falta. Lo digo por uno de esos gestos suyos que inicialmente se
me hizo un sinrazón.
En las entrañas del barrio Colombia en Medellín, un
grupo de artistas decidió rentar un edificio para vender directamente sus
piezas y abiertamente contravenir, o incluso protestar contra la labor de los
galeristas y dealers de la ciudad. Ya tenían el lugar, y entre todos estaban en
condiciones de pagar la renta mensual, pero había un gran problema: necesitaban
un fiador solvente, con finca raíz, que además los quisiera respaldar. ¡Sí! Tal
cual como lo sospechan, Alberto Hugo Restrepo salió a firmar, porque a los
muchachos hay que apoyarlos, y se hace camino al andar.
Un gesto que retrata su vocación en el arte y por el
arte, donde tenía como imperativo categórico la amistad. Supe como cambiaba los
tiquetes a Europa para primera clase a un artista, aun cuando iba a un evento
representado por otro galerista, así como pagó el mismo tipo de ascenso para un
colega que venía de Miami en su mismo vuelo en serias dificultades legales…
Y no, no se trataba de un botarata sin brújula, sino
de un convencido del poder de la generosidad y un foco único: el arte, sin
distinguir la naturaleza del entuerto, la persona o la entidad…
Se acercaba el final del pos pandémico 2021, y como
tantos, el Museo de Arte Moderno de Cartagena tenía cerradas sus puertas y la
carencia del presupuesto para poder abrir una vez más. Con una particularidad:
justo en aquel 2022 se cumplían 50 años de su fundación. Un museo que es parte
angular de mi historia; y por ello me di a la tarea de apoyar su reapertura en
aquel enero, con una gran exposición de aniversario. Por supuesto, se
necesitaba más de un cheque, y uno de los más robustos, ya imaginan quien lo
firmó…
Vocación cultural que nace hace más de 5 décadas,
cuando Alberto se puso al frente de la galería Pluma. Un trasegar que ya se
hizo cielo, ese al que hoy miran con gratitud sus hijas Paulina y Camila, su
hijo Santiago, junto a la mejor de sus amigas y expareja Irene, al unísono de una
larga lista de galeristas, coleccionistas, dealers, curadores, montajistas,
derechohabientes y amigos, sonriendo por esas lecciones y memorias que, este
enamorado de las artes les legó. Tal vez incluso a la voz de los tequilas que
amaba su gran amigo Hugo Zapata y de los que a mi galantemente me protegió…
Estaba claro que yo no aguantaría trabajar al ritmo de
tal bebida, mientras hacía la curaduría de la exposición monumental de Zapata
que, con Alberto y Paola Gutiérrez de Piñeres como respaldo, gestamos en el
patio Mosquera del Capitolio Nacional de Colombia en Julio del 2022. Entonces,
diestro en artilugios, Alberto mandó a cambiar discretamente por agua cada uno
de mis “tragos”, confirmándose como un amigo protector.
Seductor y hedonista, prestidigitador estético, devoto
de Fé, un comprometido con el crecimiento espiritual que, me deja las valiosas
memorias de proyectos conjuntos, un acervo de divertidas anécdotas, la
virgencita de Fátima que me regaló en mi mesa de noche, un par de libros de los
que hablamos, puñados de fotos y la gratitud de haber tenido el privilegio de compartir
con un hombre tan excepcional que, se le puede hacer un Réquiem de fríjoles
impresionistas…

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