Elegía a un héroe de la alegría

 Tributo a Carlos Gonzalez Romero

Por: María del Pilar Rodríguez Saumet
@mapyrosa

Ayer me levanté temprano, escogí con cuidado lo que me iba a poner, el perfume, e incluso el maquillaje, porque sabía que me iba a encontrar contigo. Eres un hombre de detalles, hay que ser cuidadosa… La única concesión que no pude hacernos es usar los colores que tú amas, ni siquiera el fucsia que me exigiste para tú boda, haciendo caso omiso de la etiqueta en riguroso blanco que imponía la invitación hecha por Papo, tú amor… 

En esta oportunidad me disculpo por no complacerte, pero ya sabes que puedo herir a quienes como yo te aman si uso algo distinto al luto.

Desde que supe lo de tu siesta eterna, el 29 de abril por la tarde, he repasado recuerdos de estos 25 años de aventuras, y, la imagen que más se repite es tú sonrisa: la bondadosa, la pícara, la burlona y por supuesto la irónica… 

Repasé tus zapatos de delirio, tus relojes de encanto, tus camisetas de niño. Hice inventario mental del reloj, los prendedores, las pulseras y los anillos que hiciste o escogiste para mí, con el sello indestructible e irremplazable de tú mayúscula autenticidad.

En este paladar memorioso danzan de nuevo tú arroz de repollo morado, la lasaña con pollo, manzana y almendras, los pasteles de arroz con coco, la carne en salsa de café, las tortas de frutas para cada cumpleaños, entre la infinidad de elixires espirituosos que compartimos dentro y fuera del carnaval…

Lo sé, soy la menos carnestoléndica de tus amigas, la que no baila, la que no sale con frecuencia en la comparsa, la que se mudó lejos hace más de 10 años…  Pero aun así desde que me incluiste en los ángeles de Charlie, junto a Mago, Alex y Mari… Se que sellamos un pacto de amistad que hoy, se confirma eterno.

Recuerdo exactamente cuando te conocí, yo rasguñaba el primer año de los veintes, como curadora en formación en la galería de Camilo Calderón en Cartagena, y en medio del montaje de una exposición colectiva apareciste tú con tus máscaras veneciano-barranquilleras, entre tules, terciopelos, perlas, lentejuelas, encajes y cristales. La forma como instalabas cada pieza era una coreografía que me hipnotizó. Lo notaste y a la vuelta de pocas horas ya estábamos de fiesta… Una sola fiesta con un montón de capítulos a lo largo de más de dos décadas de querernos, de la forma como nos dio la gana…

Sí, sé que lo reconociste, hoy, para tus exequias llevo el mismo vestidito negro de esa noche hace 25 años… Mi primer vestidito clásico negro, ese que mi madre me hizo para atender la primera invitación a cenar de Jaime, tú Jaime… Nuestro Jaime.

Puedo revivir con total claridad el instante en el que entraste al restaurante y los dos al unísono te saludamos amorosamente, ante la sorpresa de Jaime, que en ese instante descubrió nuestra amistad. Instante a partir del cual dejamos de ser dos para ser tres, hasta que a Jaime le daba sueño y nosotros la seguíamos…

Cómplice, irreverente… No podré olvidar cuando renuncié a un cargo de gerente de mercadeo para seguir mi vocación, y contrario a los regaños de otros, tú me serviste un trago, y con un “pa´lante nena”, me confirmaste el camino gracias al cual cada día me levanto a hacer lo que amo.


Cantamos, nos reímos, hablamos horas de lo fatuo y lo profundo, compartimos más de una celebración y también más de un dolor, siempre en la libertad de los lazos que se han construido más desde el fondo que desde la forma.

Colores, formas, brillo ¡Mucho brillo! Como curadora tuve el gozo-reto de hacer tres curadurías de tú obra: construcción estética entre modelos, joyas, instalaciones y mobiliario que, dibujamos, desdibujamos y logramos consolidar en un pastiche de policromos diálogos que hoy se me agolpan en la garganta a punto de las lágrimas… Y digo a punto, porque sé que no te gustaría verme el maquillaje corrido…  Y tú eres de los seres que me enseñó que la vanidad consciente no es frívola, es una manera de comunicación que está por encima de las palabras.

Gran enhebrador de looks personalísimos. Tú apariencia era siempre una construcción visual con sentido, un híbrido entre hallazgos vintage, piezas sobre medidas y compras muy específicas en diversas latitudes… ¡Unos zapatos nuevos en Buenos Aires siempre te parecieron una buena idea! Mientras yo lamentaba que no calzáramos lo mismo…

Anticuarista, joyero, cocinero, escritor y a ratos compositor… Eso sin olvidar tú vocación de anfitrión que hacía memorable desde el almuerzo cotidiano hasta las legendarias fiestas de rojo, tus cumpleaños y los de Jaime que, tengo presentes como rituales para el engrandecimiento de la vida y la amistad.

Escribo esto a bordo del vuelo que me lleva a despedirte, triste sí, pero más allá de ello, agradecida por el privilegio de contarme entre tus amigas, y contenta al saber que te fuiste feliz, tras finalmente diseñar y hacer realidad la cocina de tus sueños…

Aún conservo las fotos de la obra terminada que me enviaste hace apenas unos días, luego de que en meses pasados habláramos largo y me pidieras fotos de referencia para inspirar y enseñar lo que querías.

Y señalo lo de la cocina, porque por frugal que parezca, es un hecho simbólico muy importante al hablar de un ser como tú: experto en mezclar con éxito los más inverosímiles sabores, las más distantes personas y endulzar tensas situaciones.

A lo largo de todos estos años fui testigo de tú naturaleza desenfadada, de tú franqueza -a veces extravagante- que conquistó voluntades de seres de diversos orígenes y rangos: desde el vendedor ambulante hasta el premio nobel.

Amabas la vida, eso se notaba en cada cosa que hacías, pero sobre todo en la entrega con la que amaste tanto al amor de tú vida: Jaime, como a tú familia, tus amigos y amigas. Un amor cuya prueba estaba en los detalles... Pequeños y grandes gestos que zurcías a la medida de cada ser que habitaba tú corazón: ¡gracias por eso!

La banda sonora contigo es infinita, aún para mí: Micaela, La Guacherna son dos que se vienen a esta cabeza donde estás merodeando, con ese brillo en la mirada que saltaba incluso, por encima de tus monturas de diseño cuando algo te emocionaba…

Fuiste mi tigre en días oscuros en los que me provocaba llorar en plena Batalla de Flores, fuiste mi guía en la noche barranquillera, consejero de amores y sobre todo, combustible en los momentos de arriesgadas determinaciones…

Hoy me habita la certeza de que ya te reuniste con la señora Nancy, en un abrazo infinito, con esa elegancia y gallardía tan tuya y tan de ella, tú mami, a quien le mando mi gratitud por su afecto en vida, con el orgullo que sabemos sentir los hijos de las Nancy… Mi madre, tú Nancy también, te despide en la distancia con un afecto como el que tú sabías ganarte en franca lid.

Gracias por cada minuto de tú existencia, por ser nuestro amigo y el ejemplo más bello que hoy tengo en el alma y la memoria, de un ser capaz de por encima de toda dificultad y circunstancia, ser abrazo y sonrisa, chiste elocuente e invitación a la risa: ser un héroe de la alegría.

 

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