MARIA TERESA, MUJER, GUERRERO

María Teresa Guerrero con pieza de Camilo Calderón Forero.
FOTOGRAFÍA: Nicolás Santo Domingo
La mañana gélida, propia del páramo, inundaba el asfalto agrietado. Los minutos corrían, los automóviles inmovilizaban el paso, la acidez del silencio desesperado carcomía las entrañas mientras que en mi cabeza, retumbaban las miles de razones para ser puntual.

Perdí la atención, estaba casi fuera de mí, los cabellos electrizados amenazaban con un infarto. Me detuve. Sentí la mirada inmortal de las obras que custodiaban la recepción, desperté mis pies congelados en los escalones grises. Un torso violáceo y desnudo me acusaba desde el costado, los pasos de la crítica de arte se acercaban del otro lado del umbral, tenía sólo un par de segundos para recuperar la compostura y estar a su nivel.

La puerta se abrió en forma de voz femenina. Esa voz maternal y dulce con la cual todos soñamos en nuestros peores días, esas sílabas enternecedoras que sacan a relucir nuestro niño interior. No había nada qué hacer, me quedé sin coartada, la franca candidez de mi anfitriona me dejaba sin historia o por lo menos, eso era lo que yo creía…

Una sonrisa suave y menuda me invitó a pasar; las manos ágiles calentaron el momento con un café, mientras las obras de las paredes le gritaban a mis sentidos los secretos de esa pose de mujer casera y diligente: Zalamea aquí, Mejía allá, Lam desde la esquina, Giangrandi en el pasillo, Porter al lado de la chimenea, Rodrigo Facundo en la antesala, Calderón a mis espaldas... Hakim, Obregón, Munier… Todos contradecían con su presencia, los  movimientos rápidos y certeros con los cuales la dueña de casa completaba un menú,  como si hubiera durado años frente a la hornilla, preparando una cosa aquí y otra allá. Estaba embebida haciendo unos entremeses; al día siguiente, su hija Natalia cumpliría más de tres décadas y las habilidades de ama de casa, menos de una de haber florecido.

Muy lejos de la mujer casera de hoy, dedicada gran parte del tiempo a la jardinería y a planear viajes de turismo, María Teresa Guerrero ha sido una de las minervas del arte colombiano. Decidida, luchadora y franca, es un escorpión en todo el sentido de su signo. Estratega que hoy abanica su jubilación con el placer de los logros que entregó a la posteridad del contexto plástico colombiano.

1974: El cierre de la Facultad de Artes de la Universidad de los Andes seguía escribiendo la historia de un sueño que alimentaría su vida durante dos décadas y satisfaría toda su existencia. Desde el mismo instante cuando las aulas que le dieron el título de maestra en artes plásticas en el 66 fueron cerradas, se comenzó a gestar en ella, la idea de reabrir, de consolidar una facultad inquebrantable a la medida de sus sueños.

Siendo subdirectora del Museo de Arte Moderno de Bogotá, la puerta se abrió. Con la complicidad de unos amigos y la confianza de directivos, reingresó en la Universidad como asistente de rectoría. Encargada entre otras cosas, de unos talleres libres de textiles, que terminaron siendo la trinchera perfecta para fraguar el tortuoso camino al éxito.

Cada mañana era una nueva batalla qué enfrentar, todos los días agregaba una pieza a su proyecto. Estaba casi prohibido tocar el tema de reabrir la facultad,  y su mente era el único lugar seguro para depositar su anhelo. Espacio donde diseñó cada una de las estrategias, que la llevaban de una persona a la otra, tratando de encontrar respuestas.

Era claro, el Consejo Académico y el Consejo Directivo de la Universidad no cederían. El no rotundo a su proyecto se olía en los pasillos. No podía dejar que llevaran al patíbulo sus ideas sin darles el mérito de la lucha. Si la justificación para no reabrir era el dinero, ella conseguiría que esa misma razón empujara las puertas y reinstituyera la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad de los Andes.

FOTOGRAFÍA: Nicolás Santo Domingo
Haciendo uso de la autonomía que le daba haber tocado tantas puertas y más que ello, conquistado tantas buenas voluntades en altos cargos. En 1982, gracias a una entrevista que le hace el diario El Tiempo acerca de sus intenciones de abrir espacios de formación artística en la Universidad, logró que se matricularan los primeros 18 alumnos a los denominados Talleres Artísticos. Que en realidad, correspondían a la formación de una facultad de artes sin el reconocimiento oficial. Cursos que más tarde lograrían, no sólo una convocatoria increíble, sino que reportarían generosos dividendos a la Universidad.

Para lograr tan osada tarea, hizo acopio de lo que las paredes de su casa aún atestiguan: un sinfín de amigos artistas que decidieron apoyar su idea, entrando como catedráticos del proyecto. Aventura alimentada con la energía insaciable de quien cree en sus sueños, más aún con la fuerza de quien posee los pantalones de hacerlos realidad.

Pasión, esa es la palabra que se dibuja letra por letra en su mirada cuando saca de su archivo, los documentos ordenados metódicamente que confirman los datos. Han pasado 20 años desde el día cuando vio consolidados los primeros tres pisos de su sueño, pero su expresión explota como si en éste mismo instante, la Universidad de los Andes estuviera entregando el edificio nuevo para que funcionaran los talleres de artes.

Recorre su espacio y como quien descubre una historia, va denotando uno a uno los títulos y autores de cada pieza. Con la placentera tranquilidad de alguien que presenta a sus amigos, muy lejos del alarde de un coleccionista que puede llenarse la boca, nos cuenta que sus cortinas son un original de Beatriz González y sus paredes son custodiadas por lo más graneado del arte moderno y contemporáneo no solo colombiano, sino de diversas latitudes. Todo esto, mientras la luz la persigue a través de una instalación de María Fernanda Cardoso, ante la mirada brillante de una docena de serpientes de Andrea Echeverri que custodian el comedor.

Lectora irredenta, asegura que su atiborrada biblioteca es sólo pasado, que muy lejos de estar actualizada, los libros son recuerdos de jubilada. Sin embargo, el baño la delata: ahí se encuentra el volumen de historia del arte lleno de papeles con apuntes frescos: tal vez sea cierto que su cuerpo está lejos de las aulas, pero el espíritu de maestra que la habita sigue ávido y vigente.

Aunque trate de ocultarlo, María Teresa Guerrero no está de retirada. Por el contrario, ahora su mente es mucho más activa, porque los años han sumado a su pasión, la prudencia de la experiencia, la fortaleza del conocimiento y la tranquilidad del paso firme de quien no se doblega por las circunstancias, sino que elige la experiencia de cada día en libertad.


Ella es una guerrera que ya no necesita fortín, está consciente de que la única arma que precisa para dar sus batallas es ella misma, porque tras años de desatar controversias y debates en el contexto académico y plástico colombiano, sabe que lo único cierto e infalible no es lo que ha hecho, sino lo que ha sido y sigue siendo.

Con la expresión sosegada que tienen las abuelas al contar un cuento de hadas, María Teresa desgaja las lides de aquellos días de lucha por abrir la Facultad, pasando la  página de los odios muy de prisa para concentrarse en cada uno de los logros: los premios de sus alumnos, las 200.000 diapositivas, la biblioteca especializada en textiles y arte, entre otro material que logró reunir en el haber de la Universidad cuando entregó su cargo en 1996.

Amores y odios. Sabe que de alguna u otra manera, ese es el resultado de la pasión con la cual ha sentido cada instante de su vida, desde curar una exposición hasta aconsejar a un amigo. Así, mirando la vida en aparente relajación, sabe que realmente no es capaz de hacer algo que no la emocione hasta los huesos. Una deducción que ha llegado con los años, décadas después de aquella mañana fría cuando su maestra y amiga le entregara las primeras armas de lucha a su espíritu irredento.

Marta Traba: los ojos y los oídos de la plástica colombiana en y frente al mundo. La maestra de sus años de estudiante y la amiga y consejera de sus primeras luces profesionales. Recordarla es más que revivir el controvertido mito que luego de 30 años de haber muerto, sigue tocando las páginas de los periódicos cada vez que se habla de arte en Colombia y aún, en varios países de América Latina.

La recuerda perfectamente, la voz sedosa de señora sofisticada, el seductor acento bonaerense, sus exquisitos sombreros de fieltro, la energía de sus clases de historia del arte, las primeras apariciones en televisión. Aquellas prolíficas explicaciones que con los más rudimentarios recursos, lograba magnificar en la mente del escucha, cada una de las imágenes de las grandes obras de arte del Mundo.

FOTOGRAFÍA: Nicolás Santo Domingo
María Teresa se eleva, nada en el pasado frente a su heroína como quien navega en la placidez de los sueños. Sonríe, recuerda los debates encarnizados por las columnas de Traba. Se revive embebida, tomando apuntes de sus palabras, de sus esquemas, de cada uno de los planteamientos que buscaba hacer de los estudiantes seres con aspiraciones universales. Que entendieran que un artista es más que un creador que le genera placeres estéticos a la sociedad. Es un cronista de su época, un comprometido catalizador y comunicador de la memoria de su tiempo. Un ser que no se compromete a realizar un oficio, sino que convierte su oficio en forma de vida.

“Marta Traba se destacaba como la intelectual cautivadora de voz suave, de apariencia juvenil que encanta con su buena dicción y acento argentino que hacen de ella una persona que sobresale del común”, palabras escritas por María Teresa cual la mirada excelsa de una discípula a su maestra. Unas líneas que sin darse cuenta, pasadas las décadas, han terminado siendo un autorretrato.

Al igual que la crítica de arte argentina, María Teresa Guerrero ha tenido el valor de alzar la voz ante los más altos estamentos académicos y culturales del País, de conquistar consejos directivos, doblegar paradigmas, animar estudiantes, visionar el prometedor futuro de muchos artistas colombianos, abrir puertas internacionales al arte nacional.

Se pone nerviosa, no le gusta hacer alarde de sus logros, no porque no esté consciente de ellos sino porque reconocerlos ya le ha ganado más de una persecución. No sale en periódicos a desacreditar el oficio a sus antecesores, ni mucho menos a sus sucesores en el tema curatorial, cree que la discresión es la más digna indumentaria. 

El mundo del arte en general, está poblado de toda suerte de egos que no soportan con facilidad, un atisbo de éxito diferente al propio. Sin embargo, los documentos se queman pero la historia queda, y si el pasado se olvida, la realidad no prescribe. Sólo ha pasado poco más de una década desde el día cuando María Teresa Guerrero dejó la dirección de los Programas de Artes y Textiles de la Universidad, cuando ya la facultad de textiles no existe y la de artes tiene una vocación ciertamente antagónica, no aplaudida por todos.

Los libros ordenados en un margen al ras del techo, dibujan el camino hacia su lugar de trabajo. Pronto cumplirá 74  años. Una realidad que se torna en falacia cuando se sienta al Mac de última generación con la soltura de un adolescente contemporáneo.

Otra de las razones que nos hace verla con una mirada especial, es su relación con la tecnología. Lejos de ser la mujer chapada a la antigua que se desentiende de los avances tecnológicos, reconoce que en este aspecto, le falta mucho por aprender, afición que nace en 1980 cuando sus ojos se maravillaron frente  a la revista Time que tenía en su portada, el primer computador personal.

Recuerda perfectamente el día cuando a su oficina como directora de los Programas de Artes y Textiles de la Universidad de los Andes, llegó el primer ordenador. Las hojas impresas de sus primeros textos dan fe de aquel evento. 

El armatoste electrónico de pantalla negra y letras fluorescentes cual aparato sideral, fue por años el mejor de sus confidentes. A él le confió sus primeras líneas, librándose del yugo purista de desechar hoja tras hoja a cada error encontrado en los manuscritos de la juventud. Aquella máquina prodigio que le permitía corregir en tiempo real la sedujo, no solamente por su naturaleza de novedad ni mucho menos por el esnobismo de ser una de las primeras personas con acceso a tal maravilla. Sino porque visionó en él, una nueva era para su oficio y el de muchos artistas. Inquietudes que la llevaron a inmiscuirse en cada detalle técnico de la nova máquina, trabando amistad con los estudiantes y profesores de Ingeniaría de Sistemas.

Tan ecléctico como podría parecer ver a Hitler tomando el té con Gandhi, así de raras eran las miradas que señalaban a María Teresa, conversando sobre tecnología con los ingenieros. Llena de respeto por el conocimiento y posición por los otros, pasó horas, tratando de entender aquella realidad que parecía escrita por Julio Verne.

Combinar aquellos conocimientos con sus propias elucubraciones, fue una actividad que le tomó noches enteras. Estaba absolutamente convencida de que aquel procesador no era sólo la culminación de años de investigación electrónica, sino que por el contrario, era la punta del iceberg. Y siguiendo su pasión por el invento, comenzó a trazar caminos para unir la tecnología con su oficio, más allá del simple procesamiento de textos, hacia la consolidación de una verdadera tecnología sistematizada al servicio del diseño textil y el arte plástico.

Pensar en computadores al servicio del arte era una idea obtusa y complicada que muy pocos podían asimilar en los años 80. Si ya era espinoso cambiar la vieja máquina de escribir por un procesador de palabras, pensar en que la tecnología podría apoyar o incluso, reemplazar el cincel, el óleo, el telar y el lienzo, era una utopía; en la cual tal vez sólo creía María Teresa Guerrero. Una visión que recuerda mientras acaricia el mug juvenil que resguarda su café, mirando la obra digital que tiene en frente.

A veces, el secreto de los grandes logros no es sólo tener la mente para imaginarlos, el tesón para trabajarlos, sino además, contar con los cómplices para consolidarlo y éste es  un talento innato de Guerrero: seducir a la gente precisa para lograr sus cometidos, más que como un acto vulgarmente maquiavélico, como resultado de la energía embriagante que le imprime a lo que se propone.

Pocos meses después de iniciar conversaciones con los estudiantes y en especial con el decano y profesores de la Facultad de Ingeniería de Sistemas, su escritorio fue sorprendido con una tesis de grado que buscaba crear un programa sistematizado de diseño textil. Hecho que a la luz de la Internet de nuestros días, parece un asunto cualquiera, pero iluminado con la tímida llama de la tecnología recién descubierta, era prácticamente un milagro.

María Teresa no dice, no necesita decirlo; la historia ha hablado por ella, sólo 20 años después de ese instante, las galerías explotan en exhibiciones de video arte, presumiendo al Mundo con las miles facetas del arte tecnológico, tal vez sin saber quién es ella, pero sí confirmando con hechos su visión.

FOTOGRAFÍA: Nicolás Santo Domingo
Silencio, ese es el sonido que emite muchas veces sus pensamientos, atados por la lección de prudencia que le ha dado la vida. Ha tenido enemigos –sabe que aún los tiene-, como también es un secreto a voces que sus logros pretenden ser escondidos en el fondo de una destructora de material cualquiera, por aquellos cuyos egos se alimentan robando los frutos de otros.

Co fundadora y ex presidenta de la Asociación de Egresados de la Universidad de los Andes, UNIANDINOS, Co fundadora del Museo de Arte Moderno de Bogotá, Ex directora del Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá, miembro de la asociación de amigos del Museo Nacional de Colombia, entre otro sin fin de logros... Asevera con voz incólume que prefiere la distancia, procura no pisar los predios de la Universidad de los Andes, pero no con la tristeza de quien desdeña el pasado, sino con el afecto de quien desea mantener viva la imagen magnífica que guarda en la memoria.

Los momentos amargos y todos aquellos que trataron de hacerle daño y que aún hoy luchan contra la memoria de sus logros, parece estar en el mismo cajón donde está su matrimonio roto con Juan Gustavo Cobo Borda, la finada amistad con Beatriz González y los improperios de Rudolf Hommes.

No deja de reflexionar. Está muy lejos de ser la mujer abnegada al hogar que denotan sus capacidades culinarias. Hoy por un hoy, son variadas las entidades de Latino américa que solicitan su presencia. Caracas, Panamá, entre otros destinos, que admiran los conocimientos de una mujer que se puede dar el gusto de mirar el horizonte con la satisfacción de haberse inscrito con igual intensidad en la memoria de sus amigos y la de sus enemigos, vital y vigente como el exige su condición de mujer, de guerrero.

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