UMBERTO GIANGRANDI: Un hombre que ama demasiado

FOTOGRAFÍA: Nicolás Santo Domingo
Los ojos ocre han atravesado la carrera quinta con la velocidad y alevosía con la cual varias décadas atrás, el cuerpo de gladiador etrusco corría colina arriba en busca de la deshonra… Ese pedazo de tierra donde la capital grisáceo colombiana, tomaba un sinfín de colores entre las fiestas interminables de Enrique Grau y los felices locos de siempre.

Giangrandi desembarcó del Giuseppe Verdi en Cartagena de Indias a mediados de los 60. Trayendo a cuestas el rigor de cuatro años de formación académica en la Academia de San Marcos de Firenze, la memoria de su Lucca natal, un par de fotos de los amigos y la ansiedad de explorar esta nueva realidad.

En el año de 1967, comenzó como profesor de grabado, foto grabado, entre otras áreas de la gráfica, en la facultad de artes de la Universidad Nacional de Colombia. Iniciando el camino vernáculo de este oficio en el que hace pocas semanas fue confirmado como un grande entre los grandes al ganar el primer premio de la 18 Bienal Internacional de Grabado de Marcelles en Francia. Por supuesto, a nombre de esta patria que es más suya que ninguna otra porque aquí tiene comprometido, el alma, la sangre: el corazón.

Una sensibilidad tan enorme como su trayectoria, y tan sólida como la fuerza conceptual y estética de su obra, que perfuma con su hálito seductor, inquieto y profano las más importantes colecciones públicas y privadas. En el marco de este camino vital y creativo en el que ha sido un actor determinante en la historia de la plástica colombiana…

El Taller IV Rojo. Un hito de la gráfica y la expresión que Giangrandi funda junto con Nirma Zárate, Diego Arango, Carlos Granada y Jorge Mora. A quienes más tarde se uniría Fabio Rodríguez, Juan Jaramillo y Ramón Varela, entre otros. Comprometiendo su voz con causas que consideraba justas y demostrando el arte gráfico como un recurso válido y disponible al servicio de ello.

Como catedrático, hace parte de la formación de muchos de quienes hoy pueblan la escena del arte contemporáneo colombiano en el mundo. Esos mismos que con una sonrisa en los labios recuerdan el “alora” y el “andiamo”, entre otras palabras que conforman el muy bien deformado “itañol” que habla Giangrandi. Gracias a que en medio de la juerga y la creatividad, ninguno de sus primeros amigos en Colombia tuvo tiempo de enseñarle español como es debido. Y lo aprendió así, a fuerza de tratar de comunicarse con los otros y a punta de las intempestivas y poco académicas correcciones…  A tal punto que, en este momento, se podría decir que no habla del todo ni su natal italiano, ni su adoptado español.

Umberto Giangrandi ha escrito buena parte de la historia del grabado en Colombia. No solamente desde la academia sino también, desde su taller: el Taller Giangrandi. Fundado en 1968, y reconocido hasta la fecha como una marca símbolo de calidad y excelencia en obra gráfica en el contexto colombiano.

Del pasillo oscuro sale un íngrimo hilo de luz amarillenta, hija de un bombillo que vierte su mortecino destello sobre la barba blanca que se acerca a la reja de hierro, con esos pasos firmes y certeros de quien conoce este lugar como la palma de su mano. La mirada siempre juguetona nos invita a penetrar en un mundo diverso, ganando los anchos escalones de asfalto donde todavía parece escucharse el taconear de las artistas, las modelos y las amigas… El eco de las risas de antaño ha quedado grabado casi tan indeleblemente como el aroma a tintas y aceites que se percibe por doquier.

La puerta del primer piso del taller se abre y al transitar el umbral, la memoria nos recuerda el listado interminable de reconocidos artistas latinoamericanos que atravesaron esa misma puerta, con el objeto de poner en manos de Giangrandi una de sus creaciones. Cruz Díez, David Manzur, Juan Antonio Roda, Guayasamín, Alejandro Obregón, Enrique Grau, Liliana Portter, Carlos Jacanamijoy, Álvaro Barrios…

Los pasos curiosos nos llevan a explorar la profundidad del lugar, en cuyo final intuimos está el secreto mejor guardado, la joya de la corona, el herbario de los conjuros más deseados… La caja fuerte donde la memoria se desnuda y todo es posible: El taller de pintura del maestro.

He entrado a hurtadillas, -por una razón que desconozco, la puerta estaba entreabierta-, los objetos están atiborrados en todas direcciones. Un orden incompresible al cual los sentidos se adaptan con extraña rapidez. Un desorden que, en vez de hacerlo incómodo, perfuma ese espacio con el delicioso aroma de lo ilícito, de lo prohibido...

FOTOGRAFÍA: Nicolás Santo Domingo
Hay dos copas en el fondo sobre la mesa desnuda, escoltadas por una botella vacía. Los labios de vidrio verde están aún húmedos, las sábanas negras que hacen de sinfín tras el sofá están arrugadas. La cámara fotográfica confiesa en su silente candidez, la memoria sonrojada de un desnudo reciente. El bustier, cual estandarte, me hace prometer que no contaré nada, confesando entre líneas lo que hace un rato ha sucedido ahí… No he podido terminar de hilar la historia, la mirada me atraviesa, la presencia descomunal con sus cristales escrutadores me ha descubierto… El silencio es de hielo, merezco la pena capital, cualquier cosa inesperada puede pasar. Ha sucedido, del rostro de Umberto Giangrandi ha florecido una sonrisa cómplice que ilumina la habitación, transformando todo a su alrededor en la más inocente de la escenas, así la prueba más fehaciente estableciera lo contrario.

Ese es Umberto Giangrandi, una caja de sorpresas que dibuja la vida al son de sus emociones…Voluntarioso, regido por una ética inquebrantable, puede desparramarse en dulzura como pocos hombres, encender con un gesto las entrañas de una mujer y atemorizar en dos palabras a los maleantes que merodean el barrio en donde está enclavado su taller.

Observar su entorno, el lugar donde vive, es suficiente para entender que ha construido su mundo esencialmente para compartirlo…

La sala es una combinación de cuadros, libros y cómodos lugares para la charla. Un espacio que a pesar de ser el hábitat de un padre soltero –por así decirlo- conserva ese calor de hogar que lo hace apacible, como creado para el descanso. Hasta el punto, de que por una extraña condición arquitectónica, no entra la señal de los aparatos celulares.

La cocina del hogar Giangrandi sería el deleite de cualquier ama de casa. Exigente a la hora de comer como el que más, este lugar es una maravilla llena de recursos para preparar los más exquisitos manjares. Sentarse a la mesa con Umberto es todo un ritual: finaliza siempre con un generoso plato de crocantes verduras frescas que él adereza personalmente, con toda suerte de aceites, vinagres y especias que tiene perfectamente ordenados en el centro del comedor.

Sin embargo, todo este ambiente familiar tiene su trastienda. Sólo basta dar un vistazo por el ventanal de la cocina hacia el jardín, para darse cuenta de que ahí vive un gran seductor. Los ojos de poeta enganchados de los muros fisgonean protegidos por la plenitud de las estrellas, la cúpula de hierro y vidrio que custodia el jacuzzi.

Giangrandi no escatima detalle. Su habitación a oscuras, perfumada con su aroma viril lo manifiesta, pero su baño lo confirma. Más que eso, lo grita a plenas voces y sin compasión.

Con dos regaderas, una frente a la otra, su ducha sin duda alguna fue hecha para dos. Un hervidero erótico, reflejado en el espejo del tocador justo al frente, como si cada momento de aquel lugar fuera creado exclusivamente para ser inolvidable, pero sólo en la memoria de la feme que participa de él, porque a la fecha, nadie le ha sacado una sílaba al respecto.

Se ha sentado en el café a pocas cuadras de su casa, ha pedido “un teterito”, para indicarle a las dos jovencitas que atienden, que desea tomarse el café con leche de siempre, muy claro y sin azúcar. Ellas sonríen, siempre sonríen y su expresión es la muestra más franca de aprecio, porque muchas veces encuentran en Umberto, el amigo, el gran consejero… Ese mismo al que recurren sus amigos de siempre y los amigos de sus hijos, así como las mujeres que han habitado su vida y hasta los hijos de ellas… Porque las relaciones con Umberto Giangrandi no se rompen fácilmente, sino que crecen con los años.

Giangrandi es un hombre que no conoce el límite a la hora de amar. A la muerte temprana e intempestiva de la madre de sus hijos –Mónica- se hizo cargo de ellos con la dedicación que aún les guarda, pendiente hasta del mínimo detalle, sacrificando lo necesario para garantizar su estabilidad y su tranquilidad.

FOTGRAFÍA: Nicolás Santo Domingo
De igual forma, es capaz de poner en riesgo cualquier cosa para proteger a los amigos. Se le ha visto pelear a voz en cuello para protegerlos por encima de sí mismo. Apoya las causas de los suyos, respalda utopías y señala sin compasión a quien osa dañar a quién él ama.


Su paso, ahora pausado, merodea las calles de la Macarena con una sonrisa enternecedora. La boina de siempre custodia la mirada de fuego, saluda a todos a lado y lado de la calle, reparte abrazos entre los amigos que no ve hace mucho tiempo y suaves besos en los rostros de las amigas de todos los días. Los zapatos italianos, negros, redondos como de estudiante pisan el asfalto de la colina cuya deshonra ya la gente olvidó. Se cierra el saco azul oscuro con el que acaba de llegar de dictar clase, recuerda que debe ir a visitar a su nieta… Un recuerdo le saca una pícara sonrisa en la esquina, apresura el paso para llegar a tiempo a la exposición de otro de esos colegas de la vida y el arte, otro cómplice de este hombre que si algo sabe hacer es… Amar demasiado.

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