ENRIQUE GRAU Y SUS CARTAGENERAS
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| Con Yolanda Pupo de Mogollón en el MAMC / FOTOGRAFÍA: Mauricio Vélez |
La noche apenas iniciaba, pero la picardía de Enrique Grau ya brillaba con esa agudeza de los hombres inteligentes. Con el ademán galante que siempre tenía para con una de sus amigas más entrañables, la invitó -ataviada como era su costumbre de lino impecable- en compañía de los amigos de la aventura artística, a conocer un “bello” apartado de la ciudad. Confiando en que la dama excelsamente cartagenera, recién nombrada directora del Museo de Arte Moderno de Cartagena fuera sonrojada al llegar al paraje elegido a modo de broma por el pintor más cartagenero de todos.
El nombre del sitio no auguraba
su condición de departamento de lenocinio local: “Bar verde”. Sitio que antes de sorprender a Doña Yolanda Pupo de Mogollón, terminó
asustando al mismo Grau y sus amigos, que aunque curtidos de noche perdieron el habla cuando al llegar de la entraña del antro sale una voz familiar y animada que grita: “Niña
Yola, ¿Y usted que hace por aquí?”.
Los años han pasado, más de los
15 que tiene Enrique -como se le conoce entre sus amigos- de haber partido de
este plano y la historia luce en la mirada de Doña Yolanda, en su despacho del
Museo de Arte Moderno de Cartagena, tan fresca como si acabara de suceder. Porque Grau pervive en la mente de sus amigas cartageneras con una fuerza
emocional extraordinaria que explica porque fueron ellas las elegidas para
protagonizar su obra plástica.
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| FOTOGRAFÍA: Mauricio Vélez |
Un asunto estético y personal que
tengo claro desde los inicios de mi carrera curatorial, cuando jugando al
oficio en ese museo fundado por él, me encontré protegida por uno de los
intelectuales locales con los que más compartió su forma de pensar, creer y
crear: Wiston Caballero Salguedo, más conocido entre quienes tuvimos el
privilegio de adorarlo como: Willy. Un intelectual de altísima valía de la mano
del cual recorrí los apartes más hermosos de la “Eterna fiesta Graujiana”, que
más allá de la legendaria “Colina de la deshonra” Bogotana, fue siempre por
excelencia cartagenera y así el museo dedicado a él aún no exista
materialmente, Cartagena en cada rincón es la máxima depositaria del origen y
final de su creación.
Una idea que me habita desde
aquellos primeros días de pensar en este tema de creer y crear al lado del
arte, cuando Carlos Salas me llamó a proponerme que escribiera un artículo para
la edición que la revista Mundo -que el dirigía- le dedicaría a Enrique Grau.
Han pasado 14 años desde aquel día
y aún me emociona el recordar lo que sentí al ver mi nombre en una publicación
de arte por primera vez. Y me hace aún más feliz, que hoy, cuando a propósito
del aniversario del fallecimiento de Enrique, apoyando a Henry Laguado en su homenaje y releyendo aquellas páginas, concluyo que sigo pensando lo mismo, por ello a continuación vuelvo a compartir
esas líneas primigenias:
SUS CARTAGENERAS
“… Lo amé mucho… lo sigo amando… me hace falta… espero que cuando nos
encontremos podamos hacer una gran fiesta de disfraces… prometo ponerme el
gorrito de mariamulata que me regaló… lo prometo… lo usé el día que partió… lo
usaré el día del encuentro”
Claudia Fadul
Presidenta de la Sociedad de
Mejoras Públicas de Cartagena, una sincelejana de nacimiento, que bien se ha
ganado el título de Cartagenera por convicción.
Un contonear de caderas casi musical, bambolea los linos almidonados
de la gran señora, sus cabellos perfectamente peinados se resisten a la
inclemencia de la brisa. Un par de palomas atestiguan a la distancia su paso
presuntuoso, yo me escondo, entre la mirada y los barrotes; en el que bien pudo
ser el refugio del artista, en el lugar en donde su espíritu deambula a gusto y
con propiedad, el Museo de Arte Moderno de Cartagena.
La Plaza San Pedro Claver, vista desde las entrañas del templo
profano, atiborrado de especies plásticas y muros salitrosos… ¡Qué mejor
refugio para espiar a una cartagenera!...
Cartagenera, mujer altiva por naturaleza y dominante por convicción,
irónicamente señora de su señor… De mirada alta y cuello erguido; una fabulosa
mezcla entre mulata de palenque y blanca de inquisición; invencible como la
primera y barroca como la segunda, fusión indescriptible y embriagante con
quizá un solo perfecto reproductor: ENRIQUE GRAU.
Entender, conocer, dejarse envolver hasta las entrañas por la mística
de una especie femenina tan particular, es un riesgo que sólo podía correr un
ser pasional, enamorado de su oficio y de su tierra. Un hombre que tras décadas
de ser amado por ellas -sus mujeres- pudiera robarles un poco de su magia, adivinarles
los secretos y arrancarles la intención, para atraparlos en un papel, una tela,
un lienzo; expulsando desde sus entrañas -cual deidad- para y por ellas: su
creación.
Italia, Bogotá, incluso Nueva York, le dieron al talento de Grau el
mérito del buen oficio, pero Cartagena y de ella, especialmente sus mujeres, le
entregaron la magia exquisita que llama a sus cuadros con una delicia coqueta,
con el carácter del buen anfitrión, en el que se convierte una buena obra de arte
al desplegar su halo mágico en un salón, expulsando como rocío de rosas -en
este caso- su intención a veces abierta y a veces oculta, pero siempre
perentoria de cautivar la atención.
Y es que no son pocos los desprevenidos espectadores que han obligado
a su cuello a virar hacia el techo del Teatro Heredia Adolfo Mejía, apelados
por las sensuales musas que les guiñen desde su elevada posición, desafiantes y
hasta engreídas, como la mujer que representan, esa que es dueña de sí misma,
que parece atraparlo todo de un tajo, con la suavidad de una sirena y el
misterio de una mariamulata, mujeres que tienen vida propia sólo en dos lugares:
la amurallada y la obra de Enrique Grau.
Impetuosa, emprendedora, dura y apasionada en sus juicios, coqueta y
barroca en su andar, perfectamente perfumada entre miles de atavíos; el
contonear de sus caderas es un maraqueo intenso que se disuelve solo con su
hablar, ese vozarrón mulato intimidante, que arrulla niños y manda servidumbre
con soltura igual. Pareciere arrancada de las historias de la Colonia para
seguir gobernando esta ciudad, donde el tiempo parece a veces haberse detenido,
para que el espíritu de la gran matrona cartagenera, con sus maneras de señora
criolla, dé la orden de servir la merienda a sus amigas, en la tarde de
canasta, a las 5 en punto de los jueves, en el patio bajo el palo de mango, con
la mantelería bordada y la platería de la abuela.
Ver una de las muchas mujeres en la obra de GRAU, -Rita, por ejemplo-,
sin haber pisado Cartagena; es abrir la puerta hacia la embriaguez en manos de
un espíritu impetuoso… Hasta mágico. Es espiar esas miradas altivas e incluso
intimidarse ante sus cuellos casi siempre estirados, envueltos en esos entornos
teatrales -reflejo de la marcada vocación hacia la escenografía por parte del
artista- que las convierte de pronto en exquisitas actrices de la eterna fiesta
Graujiana; donde las protagonistas barrocamente amulatadas, nos muestran las
manos masculinas de su creador como invitándonos a su mundo, ese planeta
intrigante y fascinador.
Del otro lado, observar una obra femenina de Grau desde Cartagena, es
estrellarse con el alma desnuda de sus féminas, es enfrentar de un tajo toda la
plena naturaleza de la mujer de esta tierra; la madre, la luchadora, amiga,
enemiga y amante, que pisa ese suelo con el poderío innato de llamarse a sí
misma: ¡Cartagenera!
Es así, en este sentido, como se puede hacer una apología entre la
obra femenina de Grau y el estilo Garcíamarquiano, bien denominado “realismo
mágico”; pues es realismo en la medida en que mediante estas obras podemos
acceder al contexto -real- que les dio origen, -en este caso Cartagena- y
mágico porque fuera de esta tierra envuelven, enajenan en una energía tan
exquisita que solo puede ser comparada con la magia. Es entonces cuando
descubrimos el mérito inmenso de este artista: Acopiar el oficio y el talento
suficiente para clonar en imagen esta mujer existente, e impregnarla con una
mezcla des espíritu que le es propio al artista y a su musa, superando en
ocasiones la presencia de su modelo que es en esencia y en estilo: La
Cartagenera Real.
Estas líneas se convierten pronto en una invitación, en una apelación
a conocer a sus modelos, las deliciosas mujeres de sus soportes… Esa, sus
adoradoras, fieles custodias de las disposiciones y obra del maestro, hoy indispensables
para conocer al artista. Seguramente estas páginas podrían llenarse de muchos
nombres, pero quizá solo dos son rotundamente obligatorios: Evelia Porto de
Mejía, matrona cartagenera por excelencia, retrato Graujiano mil veces repetido,
una de las más cercanas amigas del artista, líder del proyecto denominado Museo
Grau. Yolanda Pupo de Mogollón, directora del Museo de Arte Moderno de Cartagena
-fundado por el pintor- una mujer que entre estas paredes resguarda exquisitos
ejemplares de su obra y tal vez los más vivos reflejos de su espíritu. Mujeres
que gozan y se halagan al verse en los trazos de Enrique Grau como en un
espejo, mujeres que reflejan una masa anónima de muchos nombres, que tienen uno
solo propiamente suyo, ese que grita Grau desde su estado actual, ese que grito
que lo hace inmortal, ese que las llama y las atrapa, ese nombre que llevará con
orgullo hasta el sepulcro: ¡CARTAGENERA!







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