DARÍO ORTÍZ: un seductor inconsciente


Por: María del Pilar Rodríguez
Curadora de arte  /escritora 



Fotografía: Nicolás Santo Domingo 
Un alma antigua consciente del valor del conocimiento escapó a su cuerpo original en el siglo XIX, desde la lejana Italia o la cercana sabana cundiboyacence, para explorar la contemporaneidad, usando como herramienta el cuerpo que le entregaron formalmente en vida el 12 de septiembre de 1968 en Ibagué; un cuerpo que, con los años, se ha hecho hombre y lleva por nombre: Darío Ortiz Robledo.

Amo del pincel afilado que esta mañana en su atelier, liberó otro fragmento profano de su ser, espacio en donde se desvirga el alma; autorreconocimiento a pinceladas que le debate cuerpo y espíritu como esclavo de la pintura más allá de la razón, desde ese otro ser que lo habita sin él saberlo, que lo lleva por las calles del conocimiento lleno de regocijo, que le hace entender a los clásicos con la facilidad de iguales, más tentado por hacer un inventario concienzudo del trabajo de los pintores colombianos entre 1850 y 1950, que por mostrarse en los cocteles de moda como el artista, evidentemente exitoso que a golpe de agenda es.

Hace muchos años, está consciente de que es un ser diferente, que su manera de observar y sentir el mundo no ha correspondido nunca a sus compañeros de generación, ni en su país de origen, ni en alguna otra latitud. En Italia, fue recibido en los talleres reservados para los pintores mayores cuando apenas alcanzaba con decoro la treintañez; siendo niño, llegó a ser calificado hasta de desconectado de la realidad por sus largas horas de ensimismamiento y sus lecturas siempre avanzadas y extravagantes, que cambiaban los juegos de patio por los libros que su padre sólo conoció en la universidad.

Siempre ha sido lo que, en el argot coloquial de estos días, se conoce como “un bicho raro” y por supuesto, esto ha tenido consecuencias: entre otras, la inicial distancia que las personas de su generación tienen con él –le impiden incluso, poder establecer diálogos sin ser calificado de petulante y presuntuoso-. Le es más fácil comunicarse con personas mayores, estudiar la historia y vivir en medio de una soledad meditabunda. Amén del esfuerzo colosal que ha hecho para desarrollar habilidades sociales de coctel y rueda de prensa, que hoy por hoy suman un espacio significativo en su agenda anual.

Y de pronto, en el silencio de su taller, o su biblioteca… Llegan también las horas de interrogarse. Esos momentos cuando parece no entender su naturaleza espiritual, antonimia de su edad cronológica y ahora, hasta de la cotización de sus obras. Ya se acostumbró a que en ferias internacionales duden de que sea él –por su edad- el creador de sus trabajos y eso sin contar, quienes cuestionan su cotización apenas habiendo cruzado la frontera de las cinco décadas.

En medio de sus encarnizadas batallas cuerpo a lienzo, en la soledad de su taller, entre los cientos de libros, Darío se fustiga la razón, para sacarse jirones de existencia que le den una respuesta a ese mare magnum de inquietudes que lo habitan sin aparente explicación, saliéndole a bocanadas como fuego de las manos, para ser mujer, cantante, actor, amigo, Judas o sátira. Darío se abandona en los brazos de su única y verdadera confidente: la pintura, sólo a ella le fía los verdaderos motivos de su alma, vedados a los mortales, reservados para la historia.

Tras el colegio, habiendo escapado medianamente ileso de los señalamientos de la niñez, embelesado con lecturas cada vez más disímiles a su edad, su vocación escrutadora de científico escogió por él iniciar en las aulas de la Universidad Nacional de Colombia la carrera de Química, como una puerta que se abría a una ilusión: estudiar astrofísica en el exterior con el respaldo de una de las becas que, para tal fin, otorgaba esta universidad a sus más ilustres estudiantes de las carreras afines. Sin embargo, este sueño parecía no satisfacerlo del todo y las dudas respaldadas por los largos recesos académicos de la nacional –por causa de las manifestaciones- lo empujaron a buscar asidero en una trinchera genéticamente segura: la Facultad de Derecho de la Universidad Externado de Colombia, donde sus habilidades de lector consagrado y estudioso, le valieron además de una beca, el tiempo suficiente para seguir pintando y constituirse en un activista político estudiantil, tocando vedada y públicamente los lindes del M-19 y los movimientos de la séptima papeleta. Hasta cuando llegó el absoluto y definitivo resquebrajamiento de sus ideas políticas, exactamente el 26 de abril de 1990, día del asesinato de Carlos Pizarro León Gómez. Abandonó entonces las arenas del derecho y se entregó del todo a la pintura.

Obra Darío Ortíz, archivo fotográfico Galería Duque Arango

Toda la vida, la figura paterna le fue esquiva, un precio alto que tuvo que pagar el Darío niño por tener un padre dedicado a la política. Un padre que hoy sabe más cercano que nunca, después de haberlo acompañado en el íntimo trance de una enfermedad terminal. Su mirada sigue allí, detrás de Darío, una mirada que se resiste al artista que vende en las galerías desde Colombia hasta China, al pintor-mecenas del Museo de Arte del Tolima, para seguir cautelosa y amorosamente al Darío jovenzuelo, ese que no pierde la capacidad de sorpresa, lleno de unas ansias locas e inclementes por saber, conocer, escrutar, entender y desarrollar en busca de miles de respuestas cada día, ese alma antigua y venerable que aconducta su cuerpo joven, en una dinámica de vida al servicio del arte.

“La pintura es mi todo, mi salvavidas, mi yo”, Ortíz reconoce hoy que todo lo que exista en su vida siempre será secundario frente a la pintura que, en últimas, ha sido lo único cierto y constante en su existencia, no sólo cuando se enfrenta al lienzo en blanco, sino cuando se ocupa de investigar el trabajo de otros artistas.

La pluma en Darío es una herramienta en la cual su lenguaje es más libre y decidido… El universo ha conspirado y en un descuido, un texto llega a mis manos: “Las perlas negras se deslizaban sobre su pecho entreabierto. Los bordes rojos de su escote rojo se abrían y cerraban en juego con las perlas como los labios rojos se entreabrían al compás de sus palabras.... rojas también. El brillo de las perlas observaba cadencioso con la misma fuerza del brillo de sus ojos, iguales de color y fuerza, cómplices de pasiones y de anhelos, negros de color, blancos de ilusión”.

Darío es policromo desde su pincel hasta sus letras, y la paleta de su sentir -tal cual en su propuesta- se nutre del poliedro del contraste, como lo ha confirmado el título de su más reciente itinerancia nacional: “Contrapunto”.

Su vida, tal cual su pensamiento y su conversación, salpimentada normalmente de ironía inteligente más o menos cáustica dependiendo del ánimo del día; se constituye en un recorrido a veces de carácter cinematográfico por la dimensión de sus anécdotas, una de ellas enmarcada en un nombre que es símbolo en el arte nacional colombiano: Luis Caballero. Corría 1994 y Caballero ya era el mítico artista colombiano de quien sabemos hoy. Darío Ortiz en una titánica tarea de artesano y de artista impetuoso, se interna en la no poca empresa de realizar un trabajo serigráfico de gran formato -190 x 120 aproximadamente- de torsos y rostros del gran autor, con la delicadeza terca de su lápiz y el obstinamiento de lograr en formato y precisión lo que no se ha hecho antes en Colombia. Dirigiendo el taller Signo, logró un resultado tan interesante que el mismo Caballero –que jamás conoció a Ortiz personalmente-, con sólo verificar el resultado en correspondencia con sus amigos, aseguró -en su lecho de enfermo en París- que a partir de ese momento Darío serían sus manos.

Escapa de la euforia de aquel recuerdo que esgrime como una confesión obligada a fuerza de documentos, prefiere no detenerse en ello y deleitarse con su paisaje inmediato: su familia. Hoy por hoy, es el padre que tal vez el suyo no fue; eso lo aclara la mirada cómplice que cruza con su hija menor, mientras ensarta en nuestra conversación el retrato idílico de su hija mayor. Es notorio cómo entre los tres –Darío y sus dos hijas- se comunican en un lenguaje cifrado que sólo existe para ellos, las princesas y su héroe o el niño y sus muñecas, un trío cuya esencia es la diversión y el amor.

El diálogo de Darío resulta atractivo, no solo por su amplísima cultura general, si no por la singular cadencia de su voz. Lo sabe, y además sabe que es angular de para aparecer seguro y presumido frente a la jauría de iguales, que dentro y fuera del arte le resultan amenazantes, quizá por esa necesidad de aprobación que le cultivó su padre, con la poca atención emocional que logró darle entre sus múltiples actividades laborales y personales.

Obra Darío Ortíz, archivo fotográfico Galería Duque Arango
Con las mujeres, con las mujeres es otra la historia… Al contacto con ellas, Darío se aligera, se siente un poco más cómodo –quizá porque ese fue realmente el medio en donde fue criado-, no hace esfuerzos, su diálogo navega saltando entre matices de palabras infinitas, recogidas del breviario impetuoso, iluminada por sus apuntes de payaso adolescente que lo hacen la delicia de cualquier mujer inteligente.

Tiene el halo natural del seductor, logra enajenar la vista de las hembras que lo circundan, ya sea por la curiosidad de saber el alma que genera la sensualidad de sus trabajos o por su porte de hombre exitoso, de espalda ancha y estatura prominente, con rostro de padre bonachón, sonrisa de niño y mirada maquiavélica… O quizá, por esa extravagancia de varón perspicaz del que hasta hace pocos años logró ser consciente, en los ojos de la joven que hoy a su lado es cómplice, inspiración y orgullo: Katalina.

“(…) Entre la mujer y la muerte (…) parte de mi trabajo (…) tiene que ver sobre la lucha que tengo como hombre y como ser humano; esta lucha freudiana entre el sexo y el saber que soy mortal (…)”, dice Darío en el diario El Universo de Ecuador, un jueves de abril de 2009, cuando se encontraba exponiendo en ese país. Palabras que explican su condición frente al deseo, frente al amor, frente al sexo como la expresión de la vida y una cierta forma de muerte.

Su celular suena cual el de “lobbysta” en campaña política. Lo llaman cotidianamente por toda suerte de razones, gritar exasperado que ahora incluye las vueltas concernientes a los seguros, el transporte, la logística, los catálogos y toda suerte de actividades sobre una muestra que planea hacer en el Museo de Arte del Tolima. Al parecer, se ha vuelto un conocedor al respecto, pues, aunque las galerías se encargan en mucho de estas transacciones, a fuerza de exponer aquí y allá, -desde Shanghái hasta Guayaquil-, cargando con el yugo de su perfeccionismo, ha aprendido todas las peripecias inherentes a una buena exposición.

En medio de la conversación, ha florecido el apunte sobre un par de pintores con los cuales comparte generación. Sus primeros comentarios son lacerantes y agudos, al punto de que podríamos darle la razón a quienes lo tildan de prepotente, pero como en el caso de la cerveza, su espuma también baja y para el escucha paciente hay la oportunidad de acceder al sabor de sus cavilaciones, al fruto de esas ideas que se le maduran en la cabeza durante horas, días, semanas y a veces, pienso que hasta años, condimentadas con esmero al compás de lecturas variadas, preparándose para un digno comensal.

Asegura que los artistas de su generación y la siguiente –sobre todo aquellos que han conseguido éxito comercial-, se encuentran viviendo un proceso de agotamiento de recursos, pues construyeron su universo creativo a partir de un corto, muy corto escenario de posibilidades que tiene límites no sólo de tipo creativo sino también, de tipo técnico, dando un resultado que ha contado con la aprobación del público, condenándolos a una camisa de fuerza que hoy está en franco desgaste, agobian al artista que está atado a seguir haciendo lo mismo, sin poder decir más de lo que ya ha dicho.

Llegado el momento de este análisis, el Darío acusador desaparece y nos enfrentamos a un artista actual, analítico de las circunstancias de su tiempo, que reconoce la dificultad para que un artista triunfe comercialmente en un momento cuando no ha consolidado un gran lenguaje, sino cuando por inexperiencia, aún trabaja con elementos válidos pero limitados, condenándose a una sin salida, pues como él mismo lo sabe, los artistas como todos, tienen necesidades y les interesa vender.

Obra Darío Ortíz, archivo fotográfico Galería Duque Arango
La expresión se le nubla al recordar la obra reciente de un artista amigo cuyos brochazos despreocupados dan fe del aburrimiento que vive, al trabajar nuevamente la misma repetida fórmula. Un dejo de preocupación lo distrae unos segundos, pero al rescate acude presta su fiel amiga: la historia. Ella le devuelve el brío y recuerda con encanto, los autores modernos con cuyas obras ha compartido las paredes de la galería Duque Arango en Medellín y LGM en Bogotá: Obregón, Villegas, Grau, Manzur… Habla de cada uno, de la composición, los colores, los formatos, sus motivos, toma un poco de aire, pare en vivo y ante mis ojos su dolorosa tesis, con la cual asegura que ellos -los pintores modernos colombianos-, crearon lenguajes únicos, la experiencia les dio las armas suficientes para crear todo un universo que les concedió decir todo lo preciso para su ser, sin desencantar al público amante de su estilo.

Se baja del taburete raizal frente al lienzo –seguro importado de su natal Ibagué-, se acomoda en la poltrona aledaña, toma un poco de aire y dispone el alma para el valor precioso de sus propias palabras… No las encuentra, se le cayeron en un recreo del colegio o en una calle de Nueva York, tal vez en los talleres de los dibujantes italianos. Lo encontró en su taller de hoy en Ciudad de México: el recuerdo preciado y orgulloso sigue intacto; los destellos en la mirada, el corazón galopante se le adelanta, el lápiz no es suficiente… La historia no pide permiso y se entrega en un chorro desbandado de narración adolescente…

“Es como si lo estuviera viendo (…)”, su padre, Don Darío Ortiz Vidales expresa a un amigo su admiración por su hijo… El vivo recuerdo alcanza a tentar sus ojos con la posibilidad de una lágrima, pero el punto de fuga en la ventana lo devuelve a la realidad de su taller, custodiado por sus propias obras que insisten en convencerlo de que ya no es necesaria la aprobación de alguien.

“El día que un artista se encuentra, se muere”, me parece estar viéndolo con su actitud de escolar en el 2008, saliendo de las entrañas del Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo de Santa Marta, cargando su caja plástica de herramientas, luego de finalizar la instalación de una muestra, emocionalmente colgada en ese lugar donde murió un hombre que tuvo toda la admiración de su padre: Simón Bolívar.

Y justamente esa noche, la noche de la inauguración llegó acompañado de una dama, dotada de los años suficientes para acentuar la fuerza de su presencia y la elegancia de sus maneras; avivando además el evidente orgullo de su acompañante, por llevar a ella de gancho: esa mujer que desde siempre está en su vida.

Él está absolutamente radiante, la lleva del brazo con galantería, la presenta con el donaire y la pleitesía que ella misma le enseñó, son un dúo hermoso que dibujan surcos de ternura en pisadas y destellos infinitos de un amor espiritual y profundo: Darío Ortiz ha llegado del gancho de su madre: doña Martha Cecilia Robledo, una de las primeras mujeres que recibió en Colombia, el título de Comunicadora Social Periodista.

Es un juguetón, de eso no hay duda. Darío Ortíz juega con el espectador. Lo hipnotiza con la calidad de su técnica, atrapando a algunos en el simple disfrute estético de una pintura muy bien lograda, luego usa su definitivo conocimiento de la historia del arte y su profundo estudio de las obras clásicas para confundir a los amantes de la historia y a uno que otro personaje que ha visto dos de tres imágenes de un libro de pintura. Esto con el uso de composiciones, escenas y temas enlazados con encumbradas obras clásicas, para luego introducir en ellas, su emoción que transforma a los discípulos en actores, a los profetas en escritores, a los predicadores en directores de teatro y hasta al César en un viejo desgreñado saliendo del sauna, al mismo tiempo que rompe el espacio con una memoria de su anecdotario personal: “El loco”



Fotografía: Nicolás Santo Domingo

Los ojos les brillan, parte de los hombres en la sala parecen extasiados, se puede oler sus elucubraciones, veo cómo sus sórdidas mentes imaginan a Darío en medio de una orgía espectral, creando en vivo la escena que plantea su cuadro, examinan con morbo entero cada palmo del cuerpo desnudo de las mujeres explayadas en los soportes, las trasladan a un escenario cualquiera y empiezan a envidiar a Darío en sus supuestos placeres. Él lo sabe y sólo atina a una sonrisa nerviosa ante cualquier comentario, nada más lejano a su forma de vida; pues sin ser un mojigato, se nota hasta en la manera como mueve las manos al pintar, que esas escenas sólo existen y han existido en un lugar: su obra.

“Yo no pinto cuerpos, pinto almas”, un juicio gigante que, en vez de explicarnos su trabajo, aumenta el berenjenal de preguntas que su propia creación encierra. Sin embargo, en un día de 2006, la pluma de Fausto Panesso logró arrojar una poética luz explicativa sobre el trabajo de Darío: “Performance pintado, que con altura sabe alimentarse de conocimientos, asombros, memorias, sueños y certezas, cubriendo un horizonte amplio, que va desde su relación con el Mito (el ejemplo significativo) hasta su relación consigo mismo, con una voluntad de artista tan explícita que ha tenido que atravesar el tiempo, desde los logros de los griegos (que están en el origen), pasando por la pintura Clásica y Moderna, el Barroco y la Vanguardia, para llegar a esta transmutación. Un entreveramiento de mundos, en una relación ecléctica, híbrida, que da sentido a esta travesía.

Surge así este palimpsesto que se ´reescribe´ mediante un dibujo vigoroso, lleno de tensiones, y un color expresionista, de gran fuerza dramática, por la sensibilidad y audacia de la luz, aunque sin alardes gratuitos. Como al ritmo de un péndulo, en donde desde el lienzo, el color, la Historia y la Muerte, reflejaran su lección enigmática”.

Se sabe observado y creo que hasta cómodo se siente con ello, porque cree que las explicaciones retóricas que él y otros en su lugar han dado, son suficientes para distraer la atención y mantener a salvo su verdadera naturaleza sensible. Darío es un niño engolosinado con su propio talento, jugando a explorar a hurtadillas, el universo virgen que es su alma, con una intuición temerosa que sólo aviva el lienzo, esa ventana a su mundo interior que resulta atractiva al público, porque lo que hay dentro de Darío Ortiz es la seducción misma, así él quiera seguir jugando a ser un seductor inconsciente.

Comentarios

Entradas populares