NADÍN OSPINA: presagio rebelde
Por:
María del Pilar Rodríguez
Curadora de arte / Escritora
Twitter
a Instagram: @mapyrosa
Fotografía: Nicolás Santodomingo
La tetera ha vertido su vapor acuoso sobre la taza de porcelana, y en contrapunto casi teatral, la delicadeza de unas manos –como nacidas para acariciar- me extienden las galletas, que no recién horneadas si habían sido escogidas con esmero.
El azar ha sido extirpado de su devenir, me confirmó la arquitectónica estructura del blazer, antesala a la trayectoria de su cuello, altar para la picardía de unos ojos que se niegan a abandonar la fantasía.
Corrían los míticos años sesenta y mientras explotaba la revolución hippie, él pregonaba la libertad a su modo: explayando sus juegos en la casa de su abuela, sin importar si era la sala, el comedor o el dormitorio el escenario. Mundo donde encontraría la prima pista de su creación: un retrato familiar que incluía a su tatarabuelo, augurando que su porvenir estaría gobernado por su condición mestiza y contestataria, híbrida: entre lo vivido y lo inventado.
Hubiese podido ser sin duda un
ilustre surrealista y sostener ácidas conversaciones con
Breton, aunque también
buen compañero de juerga de Modigliani, y quien quita si hasta confidente de
Leonora Carrington, porque, aunque criado bajo la tutela de un padre abogado,
una madre dulce y a merced de las aulas del Colegio San Bartolomé, -donde los
jesuitas hicieron lo posible por lograr disciplinar su carácter librepensador y
autónomo- ¡Cualquier cosa le cabe en la cabeza!
Tras el grado de bachiller, se encontraba listo para hacer realidad el sueño familiar de convertirse en un profesional. Atrás debían quedar las pretensiones de hippie burgués, el rock y las locuras adolescentes. Sus padres lo tenían todo calculado: su hijo sería médico.
Obediente de sus padres o resignado a su suerte –eso aún no logra revelarlo-, ingresó en la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana, donde tras dos años de estudio, la vida le abrió puertas a su verdadera vocación de forma abrupta.
Rojo, la imagen estaba teñida de rojo. Un carmín impetuoso proveniente de tres fuentes igualmente dolorosas: por un lado, el tío en la urgencia del hospital sangrando la herida que un disco de torno le había hecho al insertársele en el rostro; del otro, la angustia de Nadín, llamado por su familia a demostrar los conocimientos adquiridos en medio de la catástrofe. Y en la esquina, los sueños del padre que intuía esta escena como la grieta que finalmente daría al traste con la idea de ver el propio nombre en una placa de consultorio.
Nadín cayó al suelo, un accidente de tránsito lo puso justo a la cornisa de las decisiones definitivas, meses de convalecencia, una conversación: su prima fue directa: ¿Por qué no ser artista? Su conducta ya había dado pistas claras, y la cercanía con la muerte no era circunstancia para la negación: ¡alea jacta est![i]
Sabe lo que es eso de luchar. No han sido pocas las vicisitudes que ha tenido que sortear para llegar ileso –por lo menos aparentemente- a este momento de la vida en el cual las glorias tocan a su puerta… Recuerda con orgullo, aquellos días cuando encerrado en una habitación de la casa materna, haciendo uso de los pocos recursos disponibles compartía el té con Mirella -su primera esposa-, en la misma tetera antigua en la que hoy me acaba de servir. Pieza que permanece en su cocina como una de esas anclas que necesita el alma humana para no sucumbir a las tentaciones a veces siniestras que trae la fama.
“Estoy pensando en pajaritos”, dice mientras muestra su dentadura de piano a modo de una sonrisa que se debate entre inofensiva y peligrosa; en ese contrapunto que le es tan propio. Explora el entorno con una mirada rápida, es un perfeccionista, tanto en el orden de su espacio como en la estructuración de sus proyectos. No soporta nada fuera de lugar.
Museo cerrado. Corría marzo de 2020 y apenas si había tenido tiempo de saborear la emoción de haber inaugurado su exposición individual en el Museo de Antropología de Madrid, cuando el mundo se detuvo y Los americanos, Quimera Arpía, Retrato de familia, El explorador, El colonialista, La marcha, La llegada y hasta El duelo[ii] quedaron encerrados, con una parte vital del acervo patrimonial de la península ibérica.
Repasa el catálogo de la muestra, y una grata sensación parece llenarle el cuerpo, no es la primera vez que le sucede, aunque no ha caído en cuenta del porqué. Deducirlo no es difícil, solo basta pasar revista por su vida: es un devoto del femenino. Viendo esas páginas se siente comprendido -lo que en la vida no le ha sido fácil-, la comisaria -curadora de la muestra- Isabel Durán, ha logrado esclarecer lo que para otros ha sido confuso.
Eso le pasa con las mujeres cuya inteligencia admira, se siente cómodo y no tiene ningún reparo en seguir sus visiones con la mística de un poseído, que reconoce en el femenino su protección suma, desde aquel día en que Mirella Cabrera, esa economista de ojos de cristal le robara el corazón, hasta ese último suspiro que él cuidó con el esmero de lo que es para siempre; llegando al hoy, donde su amada hija Mariana ya construye su propia historia familiar, mientras en el pacto de dulzura que en sus miradas se revela, observa tranquila la luz que a él en la actualidad lo custodia: Elvia Mejía, una mujer que lo ama en la dimensión de la extravagancia, la única forma de acercarse a un alma de tan particular naturaleza.
“Esta exposición de Nadín Ospina es una especie de filtro a través del cual el visitante se ve forzado a pensar en sí mismo, a reconocerse como parte de una especie y de una realidad compartida (…) Ospina nos propone encuentros que, por inverosímiles que parezcan suponen una confrontación como personas y como sociedad (…)” asegura Isabel Durán en el texto curatorial del catálogo que acompañó la muestra en el Museo de Antropología, palabras que hoy no pueden dejar de sabernos -bajo la realidad que vivimos- a presagio…
Yo soy otro tú se tituló el proyecto expositivo, antes de que el confinamiento total fuera siquiera una posibilidad en nuestras cabezas. Yo soy otro tú es la premisa que hemos debido recordar cada vez que nos ponemos un cubrebocas para evitar no solo ser contagiados, sino contagiar a otros -en caso de que seamos asintomáticos-, porque esta pelea viral no es tuya, ni es mía, es nuestra. Por primera vez en la historia, toda la humanidad emprende la misma lucha, esa que se basa en la idea que de Nadín emergió en plástica y que hoy es cotidianidad y mañana historia: Yo soy otro tú.
En el trabajo artístico de Nadín Ospina se dan cita la iconografía atávica y la comercial, propiciando una reflexión acerca de lo que consideramos que somos versus lo que realmente somos. Movido, entre otras razones, por la necesidad de exaltar la importancia de la diversidad y su respeto, mucho antes de que el asunto estuviera tan de moda y fuera arsenal político de bolsillo.
| Fotografía: Nicolás Santodomingo |
Insistente en la dignificación y resignificación de lo popular, su propuesta es personificación del híbrido inteligente y ultra comunicador híper moderno, ofreciendo una amalgama de experiencias multisensoriales que, tienen la ironía por combustible.
La noche ha caído, la temperatura de Bogotá baja, ha sido necesario cerrar la puerta del jardín, Casa de Xolotl y la Geisha en patines*[iii] dormirán como siempre rodeados de las plantas que el dueño de casa cuida con el mismo nivel de meticulosidad, disciplina y exigencia con la que vigila la producción de cada una de sus piezas; que van desde tallas en piedra hasta la más delicada joyería, pasando por video artes, bronces, resinas, pinturas e inflables.
Lejos del irrespeto que algunos
intentan leer en su propuesta, el trabajo de Nadín Ospina se basa precisamente
en eso, en el respeto. Ninguna de sus obras es fruto de la gratuidad. El
desarrollo de cada una implica una ardua labor más allá de la idea:
investigación, búsqueda de artífices, materiales y herramientas idóneas,
entre otros intrincados procesos que lo han llevado desde San Agustín al Museo
del Oro de Costa Rica, en busca textualmente hasta de un alfiler.
No todo
han sido aplausos. La misma creación que lo mueve, la misma que ha fijado sus
ideas en colecciones, galerías y museos alrededor del mundo, es la misma que le
ha granjeado los más ácidos frutos…
Germán Nadín Ospina Valbuena, ese
debió ser el nombre que en la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá
mencionaron el día de 1981 cuando le dieron el título de maestro en artes
plásticas, semanas después de que fuera citado por uno de los entonces
profesores de la facultad y pintor: Antonio Grass, para decirle que
reconsiderara su idea de ser artista, pues a su pensar no tenía talento. Anécdota
que resulta risible ese mismo 1981 cuando el jurado del Primer Salón
Arturo y Rebeca Rabinovich de arte, en el Museo de Arte Moderno de Medellín y
bajo la curaduría de Alberto Sierra, le concede a Nadín Ospina una mención
de honor.
1997:
Nadín Ospina Morales, asumiendo el papel como abogado, entrega respuesta a la
demanda radicada contra su hijo por parte de José Diez Jiménez en el despacho
del Juez 18 civil del circuito de Bogotá. Documento que más allá de su
eficacia jurídica, es un paseo entre el amor, la admiración y la estética; que
termina aplaudiendo sin ambages el día en que Hipócrates salió de la Ospina
vida:
“(…) El Maestro Nadín Ospina no es como maliciosa y despectivamente (pues ya conocemos su opinión sobre los artesanos) quiere hacer ver Diez, un simple ceramista, [iv] sino un artista que ha ejercido su oficio en muy diversos campos como la instalación, la pintura y la escultura: Comprendidas la talla en piedra, la fundición en bronce, el trabajo con resinas de poliéster y en fin muchas muy diversas técnicas. (…) El título de Maestro no se lo regalan a nadie en el mundo del arte y la cultura, es un honor que se gana con el tiempo y que no se lo puede ir auto - adjudicando cualquiera.”. [v]
Impulsa toda causa que considere justa, y eso en tiempo de redes sociales se le ha vuelto casi una costumbre, no escatima dulzura para quien cree que la merece y tampoco sarcasmo para quien a ello se exponga. Parece no temer sino a la crítica propia, aunque es también un hábil escucha que logra cazar en una conversación el hilo que le falta a su tejido.
Indaga, escudriña y reflexiona, batiendo a punto cada idea hasta el momento de hornearla, cierto en que de la asertividad de cada decisión pende el resultado, que más allá de la estética debe expeler el imperativo nato de su trabajo, la revitalización del cuestionamiento humano superior: ¿Quiénes somos?
Y hablando de cuestionamientos, hay uno entre acusador e intrigante que ronda todas las exposiciones de Nadín Ospina –por lo menos en Colombia-…
En las esquinas, agrupados como fraguando un golpe subversivo los pintores, pintorcillos y otras especies propias de la escena artística nacional disertan sobre lo mismo: ¿Es realmente Nadín Ospina un artista, aunque no produzca materialmente la totalidad de sus obras? Las respuestas que ellos mismos se dan son teatrales: van desde tildar a Nadín de “farsante, impostor, explotador” –entre otra variedad de calificativos de ese calibre-, hasta quienes lo defienden a raja tabla.
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| Fotografía: Olga Lucía Jordán |
Tiene las manos sucias de laca, esta es la quinta prueba que desecha, pero no pierde ánimo de retomar, el resultado físico debe mínimo superar lo que hace unas semanas se sentó a pensar, no se trata de una pose ni mucho menos -no sabe que lo observo- cada trabajo es la materialización de una escena de su alter realidad.
Existe en un mundo paralelo al que cotidianamente se le ve habitar. Uno donde desarrolla profundos diálogos con caricaturas y convence a su amigo Lego de que cuide un campo de amapolas, a expensas de esa otra expedición botánica que en su versión pictórica realista también se permitió explorar. El computador está encendido, y la resina necesita atención antes de causar un desastre. La cabeza le funciona en muchas direcciones, en una estructura vital que parece aleatoria, pero que realmente se encuentra organizada por una matemática propia, tallada año a año en estas varias décadas de entregar un poco de si en cada pieza.
La ironía nos hace nuevamente su presa, la fuerza con la que sus obras nos enfrentan y cuestionan, es la antípoda de este cálido hogar, donde parece que solo la ternura fuera titular. Ha hervido nuevamente el agua, sirve otra taza de té, se acomoda el blazer y con la elegancia que le encanta lucir regresa al sofá y deja fluir la partitura de una calma conversación, hasta que la pregunta, la palabra o el tema le toquen la emoción, que en él son borbotones de contrastes entre sus apacibles azules, estridentes amarillos, sólidos grises o determinadamente hirientes ocres, rojos y plateados.
Desde la mirada de sus afectos y admiradores, o las fauces de sus detractores y hasta enemigos, desde las lecturas fútiles o intrincadas, solo una premisa es común a todas las miradas: nada en él es tenue, todo es volcánico.
En su casa, encerrado en su taller hoy vuelve a pensar en pajaritos y otras especies inocentes, boceta en la pantalla y da un repaso por las piezas anteriores. Guarda silencio, solo los movimientos de sus ojos lo delatan, otra cosa se le cocina en la cabeza, en esa, su dinámica eterna: presagio rebelde.
[i] Locución latina que
significa: la suerte está echada.
[ii] Algunas de las obras
parte de la exposición de Nadín Ospina en el Museo de Antropología de Madrid en
el 2020
[iii] Obras en piedra de Nadín
Ospina
[iv] Las negrillas aparecen en
el texto original
[v] Aparte del texto con el
que Nadín Ospina padre defiende a su hijo de una demanda por derechos de autor.



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