Germán Rey: domador de epifanías

 
Por: María del Pilar Rodríguez Saumet
Escritora /Curadora de arte


Fotografía: Santiago Forero /Archivo personal Germán Rey
La apacible velocidad de sus palabras es inversa a la de su mente. Usa el humor para calibrar a su interlocutor. Solo alguien medianamente culto puede disfrutar a plenitud esa ironía filosa de viejo venerador de sílabas.

Ritualista por convicción y formación, cada actividad en su vida la hace con el compromiso de altar, al que muchos atribuyen sus vínculos largos e inequívocos con los Jesuitas… Lo que no es descabellado: sin duda los Jesuitas vieron en su forma de ver el mundo un natural espejo laico.

Crítico a ultranza, pero, con la sofisticación de los caballeros bogotanos que sincronizaban sus relojes con la torre de la Iglesia de San Francisco en los años 40. La agudeza de su pensamiento es un refrescante contrapunto a una sensibilidad que si se mira con cuidado llega con facilidad a la ternura.

Siente fascinación por los detalles, su mundo está edificado sobre ellos, prefiere las pequeñeces con sentido que lo ostentoso sin corazón. Engullidor de lecturas y esclavo del método científico en sus aseveraciones, se mueve entre la psicología, el periodismo y la cultura. En un trío cuyas sincronicidades ha atornillado día a día durante el largo tiempo que ha estado entre escribir, analizar, asesorar y enseñar. Esto último su vocación primigenia y que está presente en su cotidiano mucho más allá de las universidades donde ha invertido horas de pizarrón. Siempre está enseñando, aunque no le gusta que públicamente se le vea como un pontificador de verdades, sino como un constructor de conocimiento.

Siendo durante más de dos décadas tal vez el único vicepresidente de Axiología en un grupo financiero que ha tenido Colombia. Es un personaje muy conocido en el medio intelectual y social de la nación. Avocado en la paleta discreta en su vestir y huidizo de las primeras filas, sabe usar la tarima y el micrófono como el más elocuente de los presentadores.

Almacena recuerdos para sacarlos a colación de manera exacta en el tejido de sus conversaciones. Misma urdimbre que hizo que la Comunidad Indígena de los Cancuamo lo denominara: trenzador.

Su corazón tiene sin duda un sinfín de cuartos, donde hay uno que es más fácil de visibilizar: su alacena de abrazos. Sí, una colección que claramente atesora. Cuando el abrazo aparece -en la conversación o el devenir-, sus ojos se visten de luces y su tono cambia, y algo del juguetón infante que trata de mantener a raya en su cotidiano, envía un guiño.

Crítico de televisión durante casi cuatro lustros en el periódico El tiempo, jamás descalifica un contenido por el medio que se utiliza. Defensor de la libertad y la calidad de la prensa; no sataniza, pero si señala. No es de los que se abocan a cielos e infiernos, es más bien un observador desde el purgatorio del análisis permanente y consciente.

Fotografía: Santiago Forero /Archivo personal Germán Rey

Cofundador del premio Gabo de periodismo, es desde hace muchos años miembro de la Junta directiva de la Fundación Gabo, con una voz tan imprescindible dentro de la organización que, recientemente ha sido denominado como: Gurú estratégico simbólico, entre otras cosas quizá porque en su voz de textura sacra hay un vaho seductor que hace muchas de sus expresiones parecer a prima vista, incuestionables.

Se ríe, se ríe con la risa bonachona de los abuelos que vienen de vuelta, que, aunque no se detienen, tienen claro que ya saben mucho más de lo soñado. Puntual en grado sumo, sus agendas son un híbrido laberíntico matemático que solo él logra organizar y dirigir, donde los imprevistos son lo único capaz de alterar su moderada actitud cotidiana.

Hecho también de fuego, su carácter es su reto de cada día, al tiempo que el combustible que hace triunfar sus ideas: desde laboratorios tecnológicos hasta planes de cultura. Paseando entre lo utópico y lo práctico, lo público y lo privado; en una coreografía posible para seres que, como él, comprenden el pensamiento creador, su estímulo y comunicación, como la piedra angular de la evolución humana.

Sus incisivos análisis a veces hacen parecer que llegar a su admiración fuera casi imposible, sin embargo, es inverso: la admiración por las capacidades de otros es justamente lo que hace que no se conforme: que se rete día a día en conocimiento y acción. Es un cultor de las grandes ideas humanas, las analiza, las apoya, las corrige, las impulsa, las exalta en el marco poco ortodoxo de la contemporaneidad desenfrenada, con sus sofisticadas habilidades de domador de epifanías.

 

 

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