Federico Diaz Granados: instigador de silencios

 Por: María del Pilar Rodríguez Saumet

Fotografía: Olga Lucía Jordán

Nació del triunfo de un amor marítimo-andino, cuando el poeta José Luis Diaz Granados raptó a su prima: una de las princesas bien portadas de la conservadora Santa Marta. Ultraje a usanza de los Buendía, haciendo caso omiso del ancestral -y hoy mundialmente conocido- temor de que los hijos les salieran con cola de puerco...  Aunque pensándolo bien, la singular sensibilidad de Federico en medio de la fría contemporaneidad puede bien ser entendido como un símil de ello.

Camina con las pausas propias de los observadores consumados, luce el decoro clásico que reza el manual de buenas costumbres propio del lugar donde trabaja. Maneja el perfume cual arma... Con discreción o audacia según sea su intención.... Tan variable como su presencia – ausencia, y la luz con la que sus ojos juegan a través de la ventana de su oficina como director cultural del Gimnasio Moderno.

Leer entre líneas es una habilidad que parece a punto de desaparecer en la actualidad, entre la inmediatez reinante y la obviedad que ello genera, sin embargo, tanto en las artes visuales como en la poesía, es un imperativo, que en el caso de retratar al poeta y gestor cultural Federico Diaz Granados conduce a particulares hallazgos…

Observa el blazer inglés de abotonadura de cuero que abandonó cerca de su cama, mira el gran número de mensajes por responder en su teléfono, revisa las múltiples lecturas en curso en su mesa de noche, se impone el levantarse y poner un poco de orden, aunque tras liderar otro lanzamiento editorial se siente tan cansado... Levanta la prenda, las fibras despiden un híbrido de fragancias femeninas que pasean por todas las edades y oficios; y eso logra dibujar mejor que su memoria, la noche anterior... Sí, anoche en el evento lo abrazaron sobre todo mujeres.

¿Y por qué mujeres? Es una pregunta que se hacen más quienes lo rodean que él mismo. Sin embargo, no es ajeno a esta particularidad que intuyo debe a una sensibilidad altamente femenina, en tanto se fija en los detalles, se zambulle en las sensaciones de manera abierta, sin avergonzarse de lucir los zurcidos que están mucho más allá de la razón.

Veterano de los corazones rotos, nada ha logrado mancillar su juguetona faceta infantil. Esa que se le escapa cuando renunciando al protocolo,  se permite la libertad de una indiscreción o travesura, una torta de vainilla o un buen plato de pasta con pollo, crema de leche y tomate… Código de acceso a la más franca de sus sonrisas...

Fotografía: Olga Lucía Jordán

Experto en pedir disculpas -a causa de que no es aficionado a responder llamadas o mensajes-; su forma de relacionamiento es lo más parecido  a un sistema montañoso: hay picos helados para aquellos lazos que lo decepcionaron, páramos a tono con las interacciones que mantiene en el punto de lo cordialmente conveniente, pequeñas montañas para esos seres con los que dialoga con cierta regularidad, y volcanes, reservados para las pasiones -casi siempre ocultas- cuya existencia es un mito que solo confirman sus versos. Todo lo anterior, separado por valles que le aseguren la seductora actitud de hacer falta, y evitar el riesgo de arraigamientos emocionales que ya varios siniestros le han traído…

-        -¿En serio son solo 5? Tenía otra cuenta, pensé que eran más…

Le inquiere quien va a hacer la presentación de uno de sus libros; él da una respuesta aparentemente tranquila, se excusa y rápidamente baja las escaleras y se entrega al jardín.

¿Solo 5?, cada palabra de esos cinco libros de poesía ha sido un alarido, la catarsis de sus más crudos sin sabores, de sus tormentos e ilusiones, una batalla cuerpo a cuerpo con lo que necesita decir “y está bien decir”. Todo, como digno miembro de una estirpe condenada a vivir Cien años de soledad…

Superó el impacto que le causó la pregunta. Le bastaron 10 minutos para recuperar la compostura, se siente orgulloso, ha estado nuevamente con discreción y elegancia, a la altura de la imagen que se ha construido en el mundo cultural capitalino.

Es el hijo de una canción que lleva el nombre de su madre: “Alba”, poema de su padre que el dueto Iván y Lucía convirtieron en la Bogotá de los años 70 en éxito de una generación. En su adolescencia al entrar a un local, la canción regresaba con dedicatoria estelar y la consabida exaltación y/o burla de un puñado de personas en cada lugar. ¿Qué se siente ser hijo de una canción?, lo mismo que ser hijo de un poeta de los grandes, primo del escritor en español más leído de la historia, ser cachaco en una familia de costeños, y creer en el amor más allá de toda prueba: se siente como la necesidad de domar cada día el torbellino que se tiene en el corazón, entre otras para que no terminen enjaulándolo en el Prozac.

Su nombre es más conocido que su poesía, pues ha logrado consolidar una marca personal a través de la infinidad de proyectos, eventos y desarrollos culturales de los que ha hecho parte. Posición que le ha graneado tanto detractores como un reconocido poder de convocatoria.

El silencio y la soledad, dos inquilinos eternos de su otredad; esa que lejos de la imagen que el mundo tiene de él, desnuda  mientras deambula en su casa los fines de semana, donde sin testigos es el Clark Kent de su Superman.

Ha observado tanto lo que siente, se ha asustado tantas veces con su singularidad, ha peleado en tantas ocasiones con el espejo en busca de ser “normal”, que ha terminado por ser diestro en identificar las delgadas costuras que en la vida separan una emoción de otra, con total hilaridad.

La dura honestidad  de sus poemas no es evidente a la primera mirada. A la prima lectura son una especie de caricia, que va desgarrando la dicha cuando le permitimos a cada palabra mostrar su cariz visceral.

Lo que Federico escribe no obedece al placer estético de un hábil adiestrador de palabras, corresponde al domador de una desbocada emocionalidad, tránsito de  parajes dolorosos donde suplica el olvido de aquellas punzadas que no le abandonarán  jamás.

Grietas de la luz, eso es lo que lo mantiene animado en el trasegar vital. La certeza de que hasta en las horas más oscuras, donde toda fuerza parece abandonarnos, la belleza, y ante todo la consciencia de ella, tenderá su mano para darnos calma frente a lo que lejos de la mente encuentra sosiego en la sensibilidad.

Sus abuelas perdieron las memorias, en un camino con nombre científico de enfermedad, pero le tendieron un puente a los laberintos donde el olvido puede ser tanto angustia como sanidad, retorno a salvo de los parajes donde permitirse sentirlo todo en la época de la superficialidad puede resultar peor que lo mortal. 

 

“Espero, tan solo, un poco de silencio

para quitarle el polvo a los asombros

que llenan de terror la celda

en la que se convirtió esta vida de abandonos

y visitas breves.”


Palabras que dan fe de una de sus mayores destrezas, esa que le permite establecer una pausa exacta para generar expectativa o acentuar una idea, para bocetar la altiva distancia o la alevosa seducción. Ese artilugio infalible que establece el ritmo de la palabra, de la memoria, de la emoción; en una danza onírica que se vuelve colectiva en sus versos, aquello que se transforma en espejo al emerger como necesidad del alma del artista al alma del espectador.

Federico se acomoda en la silla con la solemnidad que adquiere unos instantes antes de abordar una tarea que le cautiva, perfecciona la posición de sus gafas, esboza la insinuación de una sonrisa, ha escuchado a su interlocutora con la atención silente que es tanto su arma como su alimento, se acerca una copa de vino a los labios, no musita ni una sílaba, sabe que cuenta con otra gran forma de abordar cualquier cometido, porque el mejor verso no se concreta en palabras, si no en la profundidad del silencio que tras él logra… Cosas de esas que solo sabe… Un auténtico instigador de silencios…

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