Graciela Iturbide y el poder actual de la alquimia artística mexicana
A propósito del Premio Princesa de Asturias en la categoría artes que se le entregará el próximo octubre a Graciela Iturbide...
Por: María del Pilar
Rodríguez Saumet
@mapyrosa
Curadora de arte - Investigadora cultural
A
Graciela Iturbide, galardonada con el Premio Internacional de Fotografía
Hasselblad en 2008, se le anunció el pasado 25 de mayo que se le otorgará en
octubre el Premio Princesa de Asturias en la categoría artes. Siendo la tercera
latinoamericana en ganar el primero y la segunda fotógrafa en ganar el segundo,
tras Sebastiao Salgado, exaltado en la misma categoría en 1998. Graciela Iturbide. Fuente: Wikipedia
Creador
brasilero que, exactamente dos días antes de la noticia a Iturbide, falleció en
París, pocas semanas después de que finalizara su exhibición titulada Amazonía
en el Museo de Antropología en la Ciudad de México. ¿Coincidencia?, para un
neófito, quizá, pero para quien le ha seguido la pista con atención a la vida y
obra de Iturbide, esto es casi natural, en una historia tejida por un anecdotario
muy singular…
Sus
ojos son enormes. Se abren ante el interlocutor cual umbral a otros mundos,
brillan con la fuerza de quien tiene un hambre infinita de ver, de cazar con la
mirada. Su voz es reflejo de su carácter, en sus expresiones no hay titubeos ni
aguas tibias, sus palabras como sus convicciones, son de acero, y como el
acero, son maleables y dúctiles cuando ella así lo decide. Al punto de ser hoy
por hoy el mayor referente fotográfico femenino hispanoamericano.
Francisco
Toledo, el pintor visceral, tuvo la visión: llamó a Graciela Iturbide para
proponerle que fuera a su natal Juchitán – Oaxaca a registrar la vida y
particularidades del lugar; con la idea de que aquella población indígena,
ubicada en el Istmo de Tehuantepec recuperara la difusión que había tenido
cuando fotógrafos como Cartier Bresson y Tina Modotti retrataron su realidad. Y
para asegurarse de que la lente viajara, le extendió a Iturbide un par de
copias de una obra suya de un lagarto para que las vendiera, y cubriera los
gastos.
Reptil
que impulsa a reptil. Graciela Iturbide llegó a Juchitán, se hizo amiga de varias
matriarcas locales a punta de ayudarlas a vender jitomates, y en una de esas
visitas al mercado tuvo la epifanía visual: pidió permiso para disparar,
-siempre lo hace cuando se trata de un individuo-, y Zobeida, la juchiteca, con
sus iguanas en la cabeza, aceptó. Una obturación después, ya la fotógrafa había
hecho historia. ¡Había nacido Nuestra Señora de las Iguanas! ¡La medusa
Juchiteca! ¡El retrato más excelso de las mujeres más recias de todo México!
Imagen
que es hoy símbolo de este territorio matriarcal, y centro de su plaza, donde
se erige la versión escultórica de la fotografía, que es usada también como señalización
en la carretera para llegar allí, del mismo modo como Toledo la usó en formato
afiche para conmemorar la primera década de la casa de la cultura que creó en ese,
su terruño.
Nuestra
señora de las iguanas es una imagen que Iturbide acepta, la sobrepasa. Lleva
años trabajando en un inventario sobre la forma como esta pieza tiene vida
propia. Es desde grafiti hasta tatuaje en diferentes partes del planeta,
pasando por etiqueta de licores y otras tantas cosas, que, incluso sin su
permiso, ella asume con la misma generosa expresión de una madre que ve
triunfar a su retoño más allá de lo imaginado. Nuestra señora de las Iguanas.
Fuente: gracielaiturbide.org
Pero
¿Y dónde inicia esta historia?... Corría
1969, Graciela Iturbide estudiaba cine en el Centro de Estudios
Cinematográficos de México. Se acerca a Manuel Álvarez Bravo y le pide permiso para
asistir a su clase —pues era para alumnos más avanzados en la carrera— y Álvarez
Bravo no solo acepta, si no que poco tiempo después le pregunta: “¿Quieres ser
mi achichincle?”. Invitación en Nahuált a ser su asistente, que impulsó de manera
definitiva su camino en la fotografía.
En
1979 (mismo año en el que gesta Nuestra señora de las iguanas), tras muchos
viajes con Álvarez Bravo por el tuétano mexicano, el Instituto Nacional
Indigenista de México, le hace su primer encargo a Iturbide, y ella determina
irse al desierto de Sonora a convivir un mes con los indígenas Seris, en
compañía del antropólogo Luis Barjau.
Fotografía: Graciela Iturbide Fuente: The New York Times
Dispara,
revela, saca contactos, y hace la selección. Sin embargo, hay un positivo que
ha pasado por alto. Barjau se da cuenta de que es una imagen de esas de las que
no se regresa, Iturbide no recuerda haberla tomado, llega a tratar de
convencerse de que la puede haber disparado alguien más, y sonríe al recordar
que la cámara siempre estuvo con ella. La imagen es tan idílica, tan etérea,
tan profunda, que abandonando su compromiso testimonial se descontextualiza en
la pupila y desborda su pluralidad de significados en un espectro que enajena
al espectador, aunque es solo una mujer de espaldas a la toma, frente al
paisaje con una grabadora en la mano. Particular historia que la fotógrafa
resume asegurando que esta es una imagen que le regaló el desierto.
Graciela
Iturbide con su cámara toma lo aparentemente cotidiano y lo sublima a una
esfera emocional y estética que conmueve, lo que con frecuencia hace que
intenten asociarla con un movimiento artístico, a lo que ella se resiste,
defendiendo su forma de ver el mundo como un acto de libertad sin etiquetas.
Es
una mujer de rituales y supersticiones, cree en los sueños y no son pocas las
veces que una imagen soñada se ha hecho luego presente ante sus ojos. Como es
el caso de los pájaros, elemento recurrente en su propuesta y sus
autorretratos, esos mismos que afirma no tener muy claro porque los hace, solo
los esgrime como una necesidad en un momento de su vida. Esa vida cuyas emociones
pone siempre al servicio de la cámara, incluso sus más grandes dolores…
Perdió
una hija cuando la pequeña tenía apenas 6 años, y después de ello, duró mucho
tiempo haciendo fotografías de los denominados “angelitos” … Niños pequeños que
han fallecido. Hasta que un día, registrando uno de estos procesos fúnebres se
estrelló con el cadáver de un hombre parcialmente devorado por las aves...
Experiencia que detuvo ese camino detrás de lo mortuorio y la alejó para
siempre de la violencia como tema, aunque no por ello de lo impactante y como
dicen en México: “lo atronador”.

Fotografía: Graciela Iturbide Fuente: gracielaiturbide.org
Fotografía: Graciela Iturbide Fuente: gracielaiturbide.org
2004,
el baño de Frida Kahlo, tapiado por orden de Diego Rivera, tras la muerte de la
pintora en 1954 y mantenido igualmente por su heredera Dolores Olmedo, había
sido abierto. La Casa Museo Frida Kahlo invita a Graciela Iturbide para que
haga el registro in situ, y ella aún bajo una operación reciente en un pie, se
avoca a fotografiar el descubrimiento…
Una
prótesis, varios corsés, medicamentos, afiches de Lenin y Stalin, las muletas…
Iturbide se mete en la tina y se hace un autorretrato a los pies, solo para que,
al revelar, la imagen la envolviera en escalofríos… Su lesión estaba en el pie
del mismo lado del de Frida, pintado por ella misma en esa tina décadas atrás… Reconoció
el poder de la imagen, pero también la inquietó poder “recibir” algún castigo
desde otras dimensiones, por semejante audacia…
Reconoce
que jamás hubiera podido hacer fotografía de guerra porque es muy “torpe” para
eso de correr entre las balas. Respeta hondamente el fotoperiodismo y tiene por
hobbie recortar las fotografías que le llaman la atención en los periódicos.
No
para. Es un volcán de energía en permanente ebullición, reconoce el talento que
ve en los más jóvenes, pierde la mirada en las vallas publicitarias que la
impresionan, nunca ha hecho fotografía distinta a la que le nace en el corazón,
mantiene una sencillez fresca y elocuente a prueba de reconocimientos y
aplausos.
Es
una especie de hechicera mexica de la imagen, haciendo mezclas de luz y sensaciones
que, hoy son tan valiosas como el oro, han redimido su alma en más de una
ocasión, y están destinadas a la eternidad, (en comunión exacta con los
objetivos de los alquimistas), forjando hitos en la estética hispanoamericana
teniendo como máxima: la honestidad; confirmando el poder actual de la alquimia
artística mexicana.


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