Panamá: caminos histórico-mágicos que son declarados patrimonio mundial por la UNESCO

 

Por: María del Pilar Rodríguez Saumet

@mapyrosa



Panamá es amalgama por definición: por su estructura geográfica que hace dialogar dos océanos, por su ubicación de privilegio que la ha hecho por siglos atractiva para hombres y mujeres de todas las latitudes imaginables; por su personalidad abierta y juguetona que hace el tránsito por sus calles como un abrazo de bienvenida permanente.

Rica y generosa por vocación, resiliente por aprendizaje histórico, sobreviviente a piratas y cazafortunas de todo pelambre, es el retrato de una nación latinoamericana que se debate día con día entre ser puente, atajo, sueño, poesía, música y botín.

Entre el insospechado Darién, a la poética de grises, verdes y azules del Pacífico y el Atlántico, en contrapunto con el escarlata de sus Diablos Rojos, reflejo exacto de la pasión y el hedonismo propio de su raigambre excelsamente latina.

Puñado de singularidades que la UNESCO reconoce en este 2025 como patrimonio mundial, exaltando la Ruta Colonial Transístmica de Panamá y el conjunto de sitios que la conforman:  

Sitios en la costa del Caribe: Portobelo y San Lorenzo.

Sitios en el interior: El Camino Real y el Camino de Cruces.

Sitios arqueológicos y urbanos: Panamá Viejo y el Casco Antiguo.

Tejido de memorias y procesos que confirman el valor histórico y patrimonial de Panamá. Una fabulosa urdimbre en desarrollo que, es una invitación al orgullo nacional, a la investigación y comunicación de estas memorias, así como su uso en diversidad de frentes como el turismo, el refuerzo identitario local, la expresión artística, la creatividad en multiplicidad de áreas, entre otros tesoros a la vista de quien se deje hechizar por ello.

El Camino Real y el Camino de Cruces: huellas que aún hablan…

Camino Real: 80 kilómetros de sendero que, desde el siglo XVI, unían la Ciudad de Panamá en el Pacífico con Portobelo en el Atlántico. Arteria por donde circulaban lingotes de oro y plata, sedas orientales, porcelanas chinas, especias y cartas que cruzaban el mundo. Su trazo, empedrado en algunos tramos y abierto en otros a la tierra roja de la selva, era custodiado por soldados y vigilado por la sombra permanente de asaltantes y corsarios.

A su lado, más corto, pero más abrupto, corría el Camino de Cruces, bautizado así por las cruces de madera que marcaban las tumbas de quienes no sobrevivían su tránsito… Por él recuas de mulas cargadas de tesoros, y también hombres y mujeres esclavizados que soportaban, sobre sus hombros, el peso del comercio global.

Portobelo: tesoros literarios famosos y por explotar…

La bahía de Portobelo: leyenda feroz, inspiración infinita, riqueza sin límite…Allí en cuyo fondo se dice, en una caja infranqueable descansan los restos del legendario pirata inglés Francis Drake… Famoso tanto en la historia como en la literatura mundial, incluso en la obra de Gabriel García Márquez, que en El amor en los tiempos del cólera y en Cien años de soledad -entre otros escritos-, lo menciona rondando con letras esta bahía que albergó la proverbial Feria de los Galeones, el evento comercial más rico y poderoso de la época colonial, donde tesoros inconmensurables se intercambiaron y dicen algunos, parte de los cuales -aún yacen- en el fondo de este valioso retazo del océano panameño...

Y así, grabada en papel como en piedra están las narraciones de Portobelo con sus fortificaciones: San Jerónimo, San Felipe y Santiago de la Gloria. Estructuras que dan fe de lo mucho que había por proteger en este pedazo de América… Secretos y hazañas que la brisa parece contar en sus recorridos entre cañones de antaño y algún viejo narrador de mitos y leyendas que sazonan como nada cualquier exploración.

La Ruta Colonial Transístmica no es solo muros y caminos: es también música, palabra y tradición. Panamá es tierra de tambores con raíz africana, de décimas cantadas que narran hazañas de corsarios y travesías por la selva, de sancochos de pollo y cocadas, arañitas de calamar, ceviches, cocteles y Balboas heladas que saben a gloria.


Un aplauso que debe vibrar

En América Latina por un montón de razones que tanto historiadores como antropólogos y diversidad de investigadores han intentado explicar; tenemos la tendencia a no creer en lo vernáculo, a necesitar una confirmación externa -ojalá estridente- para creer en lo que nos es natural; y esta declaratoria de la UNESCO la intuyo, o más bien deseo, sea ese incentivo adicional que estimule el orgullo por lo panameño, y la ansiedad creativa de usar lo que está al alcance de la mano y convertirlo en mayor prosperidad para cada uno de los derechohabientes de tales maravillas, acreditados con la Panameña nacionalidad, dos océanos, un Darién, un Chiriquí, Islas, variedades de Café y Cacao de maravilla, amén de un espíritu indómito de rojo diablo y más, que hoy el mundo aplaude en justicia total. Y que yo, desde la hermana Colombia, no puedo más que exaltar bajo el imperativo que solo genera lo auténtico, lo que nos toca más allá de lo pensado, mientras se llega al mercado de Mariscos, tras una caminata por la cinta costera, al ritmo de una humedad tibia que recuerda el privilegio de llamarse latinoamericano y tener lazos del corazón en un lugar donde la historia y la magia danzan como hermanas. Ese lugar del mundo que ostenta con orgullo el nombre de: ¡Panamá!

 

 

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