Santo Domingo y la poética de la bondad
Crónica
de 10 días en la zona colonial de la capital de República Dominicana.
Por: María del
Pilar Rodríguez Saumet
Conferencista /
Escritora / curadora y consultora de arte / *Gabitera
@mapyrosa
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| En el Museo del Mar en Santo Domingo |
Bondad: natural inclinación a
hacer el bien, esa es una de las definiciones de la RAE. Y aquí, sentada en el
piso 24 de un condominio de la Ciudad de México, con esa definición deambulándome,
mi cabeza regresa emocionada a una de las mesas exteriores de la Cafetería
Conde de Peñalba, frente a la Basílica Catedral Menor de Nuestra Señora Santa
María de la Encarnación, en Santo Domingo, República Dominicana. En medio de
los recientes 10 días que estuve explorando ese lugar, asistiendo a varios
eventos, y mejor aún: en contacto con su gente. Tiempo que me permite decir que
este retazo colonial del mundo podría ser una acertada ilustración para
acompañar la mencionada definición.
Y por supuesto, más de uno
descalificará mi afirmación diciendo que nada suma la mirada de una turista
bien atendida, que eso no es más que aquello que comercialmente se llama: buen
servicio al cliente… Y no, no se trata solo de eso...
Desde los 13 años y hasta los
18 viví en la ciudad más turística de mi país: Cartagena de Indias. Trabajé
años en Relaciones Públicas, soy autora de la Ruta Turística basada en la vida
de García Márquez en Colombia, y voy tan frecuentemente a la heroica como lo
infiere que allá vive mi familia, además del detalle de que mi hermano tiene
una empresa de turismo.
El fenómeno en Santo Domingo
es distinto, no se trata solo del conserje del Hotel Boutique (Casas del XVI en
mi caso) esmerándose por una experiencia perfecta. Es la sonrisa tranquila como
peste -afortunadamente sin vacuna-. Es el policía de turismo que da las
indicaciones con un tono comprometido, es la casi euforia con la que los
meseros del Mesón de Bari te recomiendan su plato favorito, es el obrero que
come ávido en un rincón, en su pausa laboral y ante el interés de mi mirada
ofrece una porción de su ración sin conocerme, es la jovencita que te guía en
la tienda de ropa mostrando las piezas que estima más pertinentes...
Son las cajeras del
supermercado El Nacional que siempre andan con una expresión de agrado,
comentan las promociones y ofrecen una “fundita” -bolsa en mi país- para cada
pequeña compra. Es la dependiente de un restaurante popular que al ver que
había equivocado el pago poniendo billetes de demasiada denominación, se
devolvió a explicarme maternalmente a que correspondía cada uno.
Una ciudad donde desde el
vendedor de joyas, como el de las artesanías, da explicaciones que parecen
tener la contagiosa energía de los merengues. Los mismos que, comenzaban a
sonar apenas amainaba la lluvia -que gracias al Huracán Melissa azotó parcialmente
varios días de mi estancia -, exacerbando las atenciones de un montón de gente
que se “disculpaba” por ello, como si fuese un pecado compartido que Tláloc -el
Dios Mexica de la lluvia- decidiera tomarse un par de días de vacaciones en
Dominicana.
Calles de la zona colonial
Santo Domingo: una fracción
del caribe latinoamericano donde desde los líderes corporativos -a los que fui
a compartirles una de mis conferencias-, hasta el joven de ébano que me procuró
un paraguas, me hicieron navegar en un dulce vaivén que está entre la ternura
honesta, y la transparencia de quien nació, creció y se comunica al ritmo de la
benevolencia.
Y no, no estoy hablando de la
idílica e imaginaria visión de una porción planetaria donde no existen las adversidades,
ni tampoco de un parque temático -como se van convirtiendo poco a poco los
centros históricos de nuestra América Latina-. Se trata de una vocación
primordial que se impone, posible en un lugar que “coincidencialmente” parece
no padecer de gentrificación.
Contexto en el que me encontré
unos espacios que me tienen especialmente interesada, y que son en su tuétano
también una fuente de esta actitud natural hacia lo bueno… Los colmados.

Un Colmado en la Zona Colonial.
Los colmados son lo que en
Colombia llamaríamos tiendas de barrio, donde diversidad de productos de la
canasta familiar dialogan festivamente con licores y cervezas “vestidas de
novia”, tal cual, en mi natal Barranquilla. Lugares que con frecuencia cuentan con
sillas altas y mesas sumamente cómodas que, invitan a quedarse al compás de música
variada del caribe. Todo, bajo las aspas de abanicos de velocidad que no solo
optimizan la temperatura, si no que me conectan con el techo de la habitación
de mi abuelita, cuya imagen, junto al aroma de ella, es el recuerdo más dulce de
mi corazón.
Y al parecer, por los vecinos
de mesa que tuve en el restaurante donde empecé este artículo, no soy la única
que piensa de esta manera… Dos extranjeros invitaron a un hombre muy humilde,
trabajador de las calles sin duda, ofreciéndole atenciones hijas evidentemente
de la gratitud. El obrero estaba un poco nervioso -lo denotaba el movimiento de
su pie bajo la mesa- pero se dejó atender, y a diferencia de otras latitudes
que conozco del caribe, nadie hizo una expresión fuera de lugar por ello…
En la zona colonial de Santo
Domingo, lo popular y lo sofisticado, lo cotidiano y lo lujoso, dialogan cuadra
a cuadra en un contrapunto que es tan amable como singular.
Y hablando de galanterías… Soy
mujer, de 44 años, latinoamericana, y vanidad aparte estoy acostumbrada a que
me miren, y aunque no creo que exista mejor y más ocurrente piropo que el que
me dijo un taxista de Cartagena ad-portas del Éxito San Diego: “Esa mujer está
más buena que la quincena del presidente”, en Santo Domingo los coquetos son
muchos y adorables…
Empezando por que la mayoría de
caballeros seden el paso en las calles, bajándose del andén si hace falta, preguntándome
con donaire si buscaba una dirección cuando me veían con la mirada extraviada
en las bellas fachadas, o expresando su preocupación por que no había salido
del Hotel Conde de Peñalba a cenar en medio del aguacero. Arrojándose a las
aguas a comprarme “Pechurinas”, presentadas como uno de los más tradicionales
manjares; y que terminé disfrutando, no solo por su excepcional sabor, sino por
el generoso compromiso del vigilante que, sin espera de recompensa; se dio a
una labor que parecía en su expresión símil de las que le he visto a mis
generales retirados favoritos del Ejército Nacional de Colombia, hablando de
sus más insignes misiones.
Y ni hablemos de arroz,
chocolate, casabe, tamales y café… El arroz blanco, suelto, preparado al estilo
caribe con una textura perfecta que parecía solo posible en mi tierra, con
caldo de fríjoles adicional para mojar, hasta en los restaurantes más formales
de comida local… El chocolate, robusto como el ecuatoriano, bellamente empacado
como el panameño, con la suave textura y la dulzura que es caricia para el
paladar.
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| Tamal dominicano |
Los tamales: de yuca, tal
cual el casabe, y la harina para variedad de cosas, son de una suavidad sin
hebras que confirma una ardua labor artesanal que, conocemos quienes hemos
visto preparar carimañolas, redondeada por una sazón que es difícil de llevar a
las palabras…
El café, el café merece
capítulo aparte… Solo probé y tomé sistemáticamente el más popular: Santo
Domingo, y no necesito probar ningún otro. Con cuerpo, acidez neutral y el
carácter de un caribe recio pero amable con la mente y el paladar… Con el
perdón del venerable Juan Valdéz, tengo a su lado un nuevo amor cafetero.
La cocina es paseo de
sabores, el pollo guisado típico no está muy lejos de mi plato favorito en el
mundo a la fecha: Mole mancha manteles servido en el Restauran Coronita de
Oaxaca en México, eso para no hablar del Mofongo, las Catibías, el sancocho, el
chicharrón de cerdo, el chivo ripiao, los tres golpes y la pastelería con
cafecito de A tu Lao.
Hace rato viajo sola -con mi
seguro de viaje-, entre otras porque como cuando en mi infancia -que mi madre
me enviaba desde Bogotá en avión a Barranquilla a los brazos de mi “agüe”-,
siempre viajo recomendada…
Cuando arreció la lluvia y lo
del Huracán Melissa cerca de Santo Domingo salió en los noticieros del mundo,
hasta el más discreto de mis amigos me recordó el número de su hijo residente
en la isla para lo que se ofreciera, y dos amigos hicieron lo propio
extendiéndome contactos locales. Eso sin contar con mis anfitriones y algunos lazos
que hice en la conferencia, que me pasaron a recoger para llevarme a disfrutar
en casa de sus amigos. 
Cafetería Conde de Peñalba
En Santo Domingo me sentí no
solo segura si no consentida, me reencontré con la sensación de libertad que me
ha dado siempre el centro de mi Cartagena, ese otro corralito de piedra, donde
como en Panamá y Cien años de soledad… También
hay cuentos de Francis Drake…
Hablemos de museos: estuve en
varios, y me impresionaron tres: el del Mar, la Casa del Cordón y el de la
catedral. En el primero hablan de naufragios, empezando por el de la Nao Santa
María (hermana de La Pinta y de la Niña), que cambió el curso de nuestra
historia. Mi guía fue una jovencita adorable, en dominio del tema y que ni por
un instante mencionó un juicio agresivo o segregador. Su discurso informado y
serio, parecía no tener un bando ni presentar queja o contrición. La
museografía moderna y lúcida, con savoir faire vernáculo, y hasta dispositivos
de olor que profundizan la conexión…
A la Casa del Cordón me condujo
Tirso, un guía que, con un vocabulario serio y un sentido de la amabilidad
excepcional me llevó a conocer apartes de la historia de los Taínos, indígenas
vernáculos que recibieron a Colón, y cuyo nombre se traduce como: hombre bueno,
de esos que entregan oro por cascabeles y ayudan a sus conquistadores a
sobrevivir tras la hecatombe naval.
Un trasegar que en el Museo de la Catedral encontró una guía voluntaria venezolana de nombre Elisa, que me hizo un recorrido por el orígen de muchas tradiciones católicas, la historia de nuestra religión en la isla, y la belleza de sus imágenes y mobiliario, aquí preservadas con esmero, eso, sin omitir las tristes aberraciones coloniales cometidas en nombre de la Fé.
Experiencias que luego del paseo
en el Chuchú Colonial y la cortesía de sus anfitriones, así como las de los
taxistas, conductores de Uber y otro personal de servicio, hicieron mágica mi experiencia
de 10 días en este lugar, portando mis aretes y mi pulsera de Larimar -obsequio
hecho con la piedra preciosa local-, cual amuleto, rubricando mi teoría de que
aquí la magnanimidad es la expresión prevalente.
De hecho, siempre he creído
que la bondad es la inclinación natural de todo ser humano, y quizá en la Zona
Colonial de Santo Domingo, donde hacen un flan de caramelo tan rico como el que
me mandaba a hacer la madrina de mi hermano, Cecilia Peñaloza en mi
adolescencia en Cartagena, sea una prueba latinoamericana fehaciente de que los
buenos somos más, y que el poder y atractivo de nuestras latitudes tienen como
centro la naturaleza de nuestra gente. Eso que hace que Santo Domingo sea para
mi aquí y ahora, -en uso de total subjetividad como buena cronista- una
singular e inolvidable expresión de la poética de la bondad.





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